The Last Jedi: Hasta luego, Lucas.

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Yo he venido aquí a daros la razón. Toda la razón del mundo a los que decís “Esta no es mi Star Wars”. Todo ha cambiado. Esta es la película que lo cambia todo y, por lo tanto, la más transcendente hasta la fecha desde El Imperio Contraataca, aquella película por la que Lucas tuvo que pedir perdón a todos los que salieron decepcionados por encontrarse una película diferente a la que esperaban después de las divertidas aventuras del Episodio IV cuando era La Guerra de las Galaxias, La que abre una nueva era, la que se carga muchas de las cosas que Lucas dejó filmadas.

 

Lo viejo ha muerto y lo nuevo va a vivir te guste o no. Esa es la evidencia, ahora que lo aceptes es cosa tuya. Y la postura que tomes estará bien.

 

Asúmelo, has sido trolleado. Esta película ha venido a poner a prueba tu capacidad para aceptar los cambios. Siéntete ahora como se sintió tu padre cuando empezaron a cambiar en su oficina las máquinas de escribir por ordenadores, como se sintió tu abuelo cuando tu padre se dejó melena mientras él despotricaba en el desierto sin poder hacer nada más. Todas las generaciones han sentido ese momento en que perdían el pie del progreso y se adaptaban a lo nuevo o no. Unos lo hacían, otros seguían golpeando teclas y usando carretes de tinta… Sólo son opciones.

 

La realidad, guste o no, es que esta película viene a cambiar muchas cosas fundamentales de Star Wars. Muchas de las cosas que tú identificabas como propias de la saga ya han sido renovadas. Ahora tú decides si las aceptas o no. Vamos por partes:

 

Parece que muchos olvidan que todo el arco de la trama de estas tres películas que vamos a ver fue diseñado por J.J. Abrams y Lawrence Kasdan. Digo que parece que la gente se olvida porque piensan que, por el hecho de que el guión venga firmado por Rian Johnson le hace decir cosas como “Menudo marrón le ha dejado a JJ” cuando ese guión no hace sino seguir un arco preestablecido por el propio J.J. Que te guste o no es otra cosa, pero que han pasado las cosas que estaba previsto que pasaran no debe sonar raro.

 

Han pasado muchos años desde que vimos por última vez a ese Luke Skywalker triunfante como el único Jedi conocido que quedaba en El Retorno del Jedi. Supongo que a ti te hubiera gustado encontrarle igual que lo dejaste, poderoso y honesto, bueno y sin dobleces. Pero resulta que, en estos años, Luke ha catado el fracaso, aquel héroe sin tacha, aquel que supo resistir el poder de la tentación del lado oscuro, aquel que aprendió los grandes secretos de los Jedi en un finde en Dagobah, no ha sido capaz de superar un enemigo más terrible: La constancia de que no es un Dios sino una persona falible. Como le pasó a Obi Wan cuando fracasó intentando que Anakin no se pasase al lado oscuro y, por esa causa se retiró al desierto. Como le pasó a Yoda cuando fracasó al impedir que se aplicara la Orden 66 a pesar de todo su poder, y eso le llevó a exiliarse en Dagobah… Vaya, si lo mismo esto no es tan nuevo…

 

Por eso Luke, cuando recibe de manos de Rey el sable láser, recibe el certificado de su fracaso, mas aún, recibe el recuerdo de que su fracaso sigue vivo, su intento de conseguir encauzar el poder de Ben Solo, su miedo de que ese poder se desatara para el mal y, porque el miedo te lleva al lado oscuro, su recurso de intentar matarle. Sí, nos hubiera gustado encontrarnos al Luke al que nada le ha ocurrido desde que le vimos por última vez, pero no ha pasado. Sólo lo hemos encontrado más sabio, más humano, más consciente de que es falible, aprendiendo aún, consciente de que “El fracaso, el mejor maestro es”. Cachissss

 

 

Por si fuera poco, el “Yo soy tu padre” se ha convertido en “Tus padres no eran nadie”, en una declaración de intenciones clarísima. Lo mismo tú, querido nostálgico, aplaudiste fuerte cuando te contaron aquello de los midiclorianos, cuando Lucas redujo la magia de La Fuerza, aquello que soñábamos que alguien, con la suficiente pureza y dedicación a su estudio podría adquirir, a una cuestión de ADN. De repente La Fuerza era cosa de los Skywalker y de nadie más. Y llega esta película a decirnos que eso ya no es así, no sólo en forma de la hija de unos chatarreros muy lejana a la “realeza Skywalker” sino en forma de una escoba que se mueve sin tocarla propiedad de un esclavo.

Por eso, en la cueva de Dagobah, Luke se encontraba con la máscara de su padre mientras aquí Rey se encuentra con ella misma. La responsabilidad de permanecer en el lado luminoso será sólo suya, ni genes ni mierdas, estás sola contra ti misma, Rey.

 

Todo ha cambiado, se ha puesto gris. El lado luminoso y el lado oscuro ha pasado a distribuir las luces y las sombras por toda la galaxia. El gran malo que parecía un Palpatine, ha resultado ser tan falible como el propio Luke y nos ha durado dos telediarios. La impoluta resistencia fomenta el tráfico de armas. El nuevo líder, Dameron, aún tiene que aprender la responsabilidad del mando y se equivoca, y provoca muertes. Leia usa La Fuerza de manera instintiva para salvarse demostrando que también es humana… Todo mal si no querías que nada cambiase, todo dado la vuelta.

Hasta los propios Jedi se plantean si su orden, en tiempos intocable, realmente sirvió para algo, no pudieron evitar las guerras clon, no pudieron frenar a Palpatine, no pudieron siquiera, salvar a los suyos, a lo mejor es que no eran tan poderosos, a lo mejor, como muchas formaciones religiosas, olvidaron la esencia de aquello en lo que creían aplastados bajo libros de leyes que ellos mismos habían escrito. A lo mejor Yoda, desde el otro lado, hecho uno con La Fuerza, ha comprendido que no lo hicieron tan bien, y que eran unos soberbios que pensaban que por estar tocados por la mano de La Fuerza podían hacer lo que quisieran sin consecuencias.

Y, por si fuera poco, han sacado muñecos graciosos, no de esos que condicionaban la trama como los Ewoks o Jar Jar, estos sólo hacen una morisqueta y desaparece, otra traición a la saga de Lucas, que no tenía pudor en que esos muñequitos condicionaran toda la película. ¿cómo no los vas a odiar?

Como digo, depende de ti aceptar los cambios o no, enfadarte o adaptarte, como mi padre con los ordenadores. Depende de ti asumir lo que hay de nuevo y seguir disfrutando de Star Wars o bajarte del tren y no seguir viendo estas películas. Nada va a cambiar con tu actitud, las películas seguirán saliendo, llegando a nuevas generaciones que no tienen tus prejuicios, que aceptarán lo nuevo con naturalidad como tu nieto maneja un iPad como si hubiese nacido con uno en las manos, como tú programabas el video de tus padres mientras ellos te miraban como si fueses un mago de conocimientos arcanos inalcanzables.

Protestaste porque en el VII no te contaban nada nuevo, protestas ahora porque todo ha cambiado. A lo mejor es que esa es tu forma de disfrutar de la saga, protestar porque no han hecho la película como tú querías. Te imagino en un museo protestando porque no hicieron El Gernika en color o en un concierto bramando que la Séptima Sinfonía era muy inferior a la Cuarta y han destrozado tu infancia ( qué infancias tan frágiles tienen algunos)

Star Wars ya no es lo que fue y eso no implica que vaya a ser peor. Pero tú tienes razón en quejarte por ello. En ti está quedarte o no, estás en tu derecho de hacer lo que quieras, pero los hechos son tozudos. Puedes quedarte con tu razón, yo seguiré disfrutando esta historia. Son opciones.

 

         STAR WARS HA MUERTO….

                 ¡¡VIVA STAR WARS!!

 

 

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La vida no es un puto musical. 


Cuando salí de ver La La Land me puse corriendo en Spotify la canción inicial. Ese temazo que transmite el todo el buen rollo del mundo. Iba por la Puerta de Sol sintiéndome dentro de un musical, parecía que la gente se movía al ritmo de la música y yo bajaba las escaleras sintiéndome Leroy Johnson en Fama. De estos momentos en los que los demás seguramente te ven patético pero a ti te da igual. 

En mi cabeza iba sincronizando el momento en que la canción pega el subidón coral para que coincidiera con cuando cruzase el torno, lo he visto en el Bad de Michael Jackson y el efecto es brutal. ¡¡Vamos allá, Gene Kelly!!

Pero, mierda, cuando metí el billete para abrir el torno, mi billete se había desmagnetizado y la luz se puso roja. 

Tuve que ir al mostrador, pedirle a una señora que me lo activara y esperar a que lo hiciese mientras la canción llegaba al climax colgada de mi cuello, lejana para poder oir las protestas de la señora. 

A la mierda la magia. 

Porque la vida, que lo sepas. No es un musical. 

En la vida nadie arranca a bailar en un atasco, nadie hace claqué en zapatillas. En la vida el sol no brilla en todas las estaciones. Los musicales son mentira. El mismo cine, que a lo mejor no te has dado cuenta, es una maldita mentira. 

La vida es eso que, poco a poco nos convierten en rutina, obligaciones, realidades que organizan el caos, que doman los sueños, que nos ponen los pies en la tierra para que, si bailamos, no volemos. 

Nacemos siendo free jazz y, poco a poco, nos van poniendo una caja de ritmos de fondo.

No, la vida no es un musical ni una carpeta de Mr. Wonderful,en la vida los sueños corren más que tú, por mucho que te hayan dicho que debes perseguirlos y los conseguirás. En la vida no siempre ganan los buenos, ni los más válidos, ni siquiera los que más se esfuerzan, la vida es jodidamente injusta, desigual y frustrante.

Pero para que tú te levantes cada mañana,  para que vayas a trabajar, para que te compres eso que venden tan caro pero tan bonito. Para que no dejes de hacer cosas, hace falta la gasolina de la mentira. 

La vida no es un musical de Fred y Ginger, el amor perfecto no siempre triunfa, y los deseos duran lo que tarda en llegar esa factura que no podemos pagar. 

En la vida no te enamoras en los atascos, no te cruzas mil veces con el amor de tu vida, no descubren tu talento de manera casual. No te toca la lotería ni tu jefe decide doblarte el sueldo en un arranque de justicia.  Eso, sinceramente, no es la vida… Eso es el cine, la literatura, el teatro, la música.

Cada ser humano lleva dentro un mínimo de dos personas. Una de ellas hace las cosas que tiene que hacer cada día, baja la basura, trabaja, lleva las ruedas a revisión, llama a sus seres queridos a ver cómo están, prepara unas croquetas…

El resto de esa persona, se emociona con una película, se conmueve con una canción inesperada, se pierde en un abrazo y llora con una decepción…

Somos rutina y magia. Tanto decirnos que nos busquemos a nosotros mismos y creo que somos todo lo que queda cuando nos quitamos de encima todo eso que hacemos porque es racional hacerlo. Somos la magia que queda cuando superas la rutina. Somos lo que nos conmueve. 

Al final la vida se parece más a Casablanca que a un musical de Busby Berkeley. Nunca hay un final en el que todos se saben la coreografía y celebran que todas las tramas han quedado felizmente cerradas.

La vida son esos aviones que han partido, esas historias que quedaron a medias, esas explicaciones que no se pudieron dar, encoger los hombros y seguir al lado de una nueva amistad. La vida es ese París que queda cuando la guerra del día a día ha bombardeado todo. 

Esa es la jodida realidad, la puta vida, la que no somos capaces de asimilar en toda su crudeza. Por eso algunos se agarran a la promesa de que más allá de la vida hay algo mejor, otros a la esperanza de un golpe de suerte, otros al dinero que tienen y a lo que pueden comprarse con él. Y casi todos, a la gran mentira de que no se pueden morir mañana. 

Algunos, como la protagonista de La Rosa Púrpura del Cairo, en lugar de maquillar la realidad, buscamos momentos para aplazarla. A veces necesitamos meternos en el cine, en un libro, en un universo de ficción, para que, como una nana de tu madre, alguien te acaricie la frente y te diga que todo va a ir bien, aunque no lo sepa, aunque te mienta. Aunque tú sepas que te miente. 

Necesitamos que algo nos diga que los sueños vuelan, que el amor brilla, que las copas están llenas a tope, que el The End vendrá justo cuando tiene que venir. 

Por eso esta película es necesaria, porque nos da el subidón de la mentira pero no nos oculta la realidad. Porque, nos aclara, desde el principio que la vida es eso que no para de darnos hostias y que no piensa parar, y que la única manera de afrontarla es levantarse cada día, sacudirse las frustraciones del día anterior y esperar a que vengan las de hoy sabiendo que entremedias de la realidad, vendrán cosas que nos harán bailar en las estrellas y nos darán fuerza hasta que vuelva a amanecer.

Lo más poderosos del ser humano no es su dinero, su posición o su éxito, lo más poderoso, lo que conoce todo aquél que ha tocado fondo, es su capacidad para remontar el vuelo por mucho barro que le echen en las alas.  

Y el verdaderamente fuerte, no es el que alcanza sus sueños, sino el que es capaz de seguir soñando después de que tantos se le hayan escapado. El que se sigue acostando con un brillo dentro la Noche de Reyes a pesar de que ya el mundo ha explotado sus ilusiones. 

Cada uno busca sus fugas para reencontrarse con el rebelde sin causa que lleva dentro apretado entre obligaciones. Yo, hoy, le he sentido más cerca gracias a esta película, que no va a arreglar mi vida, pero que la ha hecho un poco más feliz mintiéndome lo justo. 

Rogue One: Patos Salvajes


Prólogo: El partido de beisbol.

Haced una prueba por mí, por entender bien este artículo: Probad a poneros un partido de Beisbol, sobre todo los que no tenéis ni idea de ese deporte. Si os pasa como a mí, os vais a tirar un buen rato mirando la tele sin entender absolutamente nada y preguntándoos cómo puede ser este uno de los deportes más seguidos del mundo y cómo puede haber gente que se emocione tanto con esos señores haciendo cosas que no comprendes.

Ahora haced una cosas más…

(A estas alturas más de uno habrá dicho: “Vete a la mierda, Arturito, ¿¿quieres hablar ya de Rogue One??)

… Llamad a alguien que sepa de beisbol, invitadle a casa y poned otro partido mientras esa persona os explica las claves, por qué ese jugador se pone ahí, por qué esa puntuación es tan emocionante, por qué ese equipo ha cambiado a ese otro jugador… 

A lo mejor después de la experiencia sigue sin gustarte el beisbol, pero ya entenderás que emociona a tanta gente, porque habrás conocido las claves que lo hacen emocionante para otros.

Pasa con muchas cosas: Ver un cuadro junto a un conocedor del arte, recorrer una ciudad junto a alguien que la ama, probar un plato mientras un experto te explica su proceso y su exclusividad.

Pues eso pasa con Star Wars y, especialmente con Rogue One. (por finnnn). La saga se está haciendo tan grande, tan inabarcable, que, especialmente esta película, regalo a sus fans más intensos, seguramente sólo se pueda disfrutar conociendo las claves, por qué ocurre lo que ocurre, por qué una frase, un rostro, una cara, puede dejar fría a la mitad de la audiencia y hacer saltar el corazón de la otra mitad.

Pondré un ejemplo seguramente muy idiota y, por eso mismo, válido:

Durante un momento de Rogue One dos soldados de asalto hablan entre ellos y uno le dice:
¿Sabes que van a retirar los T-15? (unas naves de servicio)

Suena a conversación de relleno entre dos curritos hablando de cosas de trabajo mientras aguantan el turno de guardia que les ha tocado. Y, de hecho, eso es realmente. 

Pero si amas esta saga, si has visto las películas mil veces, entonces recuerdas que en Episodio IV, la película de 1977 de la que esta es una precuela, durante una conversación parecida entre otros dos machacas del Imperio uno de ellos dice:

- ¿Has probado ya el nuevo T-16?

Y ahí es donde, una frase absurda para ti, consigue una emoción en nosotros.

Primera parte: Otra nueva esperanza

En 1977 una película arrasó en el mundo entero y creó una mística que ha llegado hasta aquí. Se llamó en España “La Guerra de las Galaxias” y contaba una historia que nos parecía de aventuras hasta que sus continuaciones la fueron haciendo grande y profunda. 

En 2016 surge Rogue One, el primer spin off de la saga que no se centra en la vida de la familia Skywalker aunque dos de ellos participen en la historia. En aquella película se contaba cómo unos planos de la Estrella de la muerte habían sido robados y descubrían un tremendo fallo de construcción que podía ayudar a los enemigos de la Rebelión a destruirla como así pasa.

Siempre habíamos hecho una tremenda suspensión de la realidad, los que amamos la saga, ante esa cosa tan rara de que, en una construcción tan magnífica existiera un punto flaco que, simplemente con un par de rayos laser bien colocados, pudiera destruir todo ese planeta artificial. 

Ahora esta película nos recompensa tantos años de consentirle errores a la saga explicando por qué existe ese punto y creando una historia alrededor de él. ¿Entendéis ahora un poco nuestra emoción? A lo mejor no la compartís, pero ya sabéis de dónde viene. 

Rogue One no es, como era el Episodio VII, una vuelta a la trilogía clásica, ni una presentación a las nuevas generaciones de este universo. Esta película es, entre otras cosas, un regalo a los fieles. 

Un paseo por nuevos planetas de esta galaxia, como ese maravilloso planeta Jedah, una especia de Meca para los Jedis (¿Resultará que se les llama Jedis precisamente por este planeta?). Una nueva visita a algunos míticos como Yavin 4 (la cuna de la Alianza Rebelde vista, por fin, con mucho más detalle) 

A lo largo de toda la película los fans vamos de pellizco en pellizco visitando Mustafar (El planeta en que ¨murió¨ Anakin y ¨nació ¨Vader, veremos el Tanque de Bacta (una referencia en los libros del universo expandido) 

Volveremos a ver a Bail Organa, a Tarkin, a los AT-ST, al Lider Rojo, a la Tantive IV (la nave que vimos nada más empezar “La Guerra de la Galáxias” la primera impresión en nuestros ojos de frikis, el primer amor).

Vamos a ver a Ponda Babba y el doctor Evathan fuera de la cantina de Mos Eisley, a la Ghost de Rebels…

Y vamos a ver, por fin, a Vader demostrando el cruel asesino que es tras su paso al lado oscuro, demostrando por qué es una amenaza que, de ser un servidor, acaba siendo el elegido por Palpatine para heredar el imperio. Esa escena de Vader recorriendo un pasillo matando soldados con total crueldad, vale, para los que llevamos años amando estas historias, por todas las críticas de quien no sabe entenderlo.

Segunda parte: Pero además….

Igual que con la saga de Marvel, su productora está intentando abarcar un género diferente con cada película (Espionaje en el Capitán América, mística en Thor, Robos en Ant Man, Comedia en Guardianes de la Galaxia…) 

Este parece ser el objetivo de los spìn off de la saga central de Star Wars. Me atrevo a imaginar que la película de Han Sólo va a ser una comedia de aventuras y la de Boba Fett un thriller setentero de cazarrecompensas tipo La Huida de Peckinpah

Gareth Edwards nos presenta aquí una película bélica del estilo de Doce del Patíbulo, El desafío de las Águilas y, sobre todo, Objetivo Birmania de la que copia hasta el escenario de mar y palmeras (Ni a un sólo crítico campanudo le he leído hacer este paralelismo que, a poco que te fijes, es muy obvio). 

Esta es una típica película de escuadrón metido en una misión suicida cuya gloria es conseguir su objetivo aún pereciendo en el intento. Por eso se mueve en esos parámetros de personajes duros, no especialmente entrañables con un pasado delictivo que tienen, en esta misión una especie de redención de sus pecados. 

Y esto está contado con un pulso fuerte, con movimientos de cámara al hombro al estilo de Apocalipse Now, con escenas paralelas en las que, cada grupo del escuadrón se enfrenta a retos para lograr el éxito común y con un sentido de la tragedia que va más allá del sentimentalismo.

   “Haced que 10 hombres parezcan 100”

Epílogo: Lo siento, pero no.

No deja de ser curioso que, mientras un crítico de música clásica jamás se pondría a opinar sobre un disco, por ejemplo, de rap, los críticos de cine se permitan opinar sobra cualquier estilo cinematográfico y meterlo todo en el mismo saco: Película.

Por eso vamos a leer estos días un montón de críticas de señores críticos tutelados que, sin duda, saben mucho del cine de Hitchcock o de Rohmer o de Ford porque han estudiado su estilo, sus historias, han leído libros sobre ellos y conocen sus claves más recurrentes, pero que se enfrentan a una saga como esta y a una película como esta, que también necesita de un conocimiento más grande que el mero análisis de: “La película entretiene o no”, que también requiere conocer y haber estudiado de dónde vienen las cosas que están viendo. 

Y por eso, señores críticos, siento decirles que, o hacen los deberes, o no haré nunca caso a sus opiniones de persona desinformada cuando hablen de estas películas.

Porque películas como esta vosotros las miráis como quien mira beisbol, mientras nosotros somos quienes entendemos las claves, los personajes, las jugadas. 




Rogue One no es para vosotros, pobres Muggles, es nuestra. Por eso no hace falta que os guste. 

 La Fuerza me acompaña, soy uno con La Fuerza.

SENTIR LOS COLORES

4 de diciembre de 2016. 
Querido diario:
Un día más que sigue sin interesarme el fútbol. No sé qué hacer. A este paso no me van a querer nunca. Dicen que un doctor en Wichita te da unas descargas en el cerebro y, con la terapia adecuada, empiezas a interesarte y a hablar sentir tus colores. Te garantiza que, en pocos meses, empiezas a ser como la mayoría de la gente, dejas de tener otros gustos más polémicos y por fin, te querrán todos porque estás bajo su abrigo, el abrigo de todos, el que da calor si aceptas ser como ellos. 

Ellos ya me lo advertían en la redes cada vez que yo decía que no me interesaba lo mismo que a ellos: “¿Es que te crees superior?” No sé por qué daban por hecho que no interesarte por lo de la masa es ser superior, no quiero pensar que tengan complejo de inferioridad porque en el fondo sienten que el miedo a no sentirse aceptados es lo que les mantiene ahí. Yo no me sentía superior, simplemente diferente. Pero debo estar equivocado. ¿Si tantas moscas adoran la miel, quién soy yo para preferir al tomate?

Otra cosa que me decían es que, decir que no me interesaba el fútbol es un insulto a los que sí. Esto lo he reflexionado mucho, porque me obliga a pedir perdón a los expertos en la incubación de huevas de cangrejo, a los que saben dónde están las cosas en el motor de un coche, a los que usan maletín en lugar de mochila, a los que dominan el estucado, a los que coleccionan dedales… A todos esos temas que no me interesan. Jamás supuse que mi falta de interés era un insulto a su afición, pero si lo dicen tantos, es imposible que se equivoquen. 

Espero que ese bendito doctor me cure, sane mis tendencias insanas, mis intereses no aprobados por la mayoría y, sobre todo, me haga sentir unos colores. 

Eso sería un sueño, seguir a unos colores pase lo que pase, sin tener que hacer procesos mentales de ningún tipo, seguirlos porque son tus colores y punto, abandonar el molesto espíritu crítico que te impide disfrutar de las cosas ¿Sigues mis colores? Eres de los buenos. ¿Sigues otros? Eres malo y, por supuesto, todas tus opiniones están equivocadas y no merecen ni un segundo de desgaste mental para mí… 

Será maravilloso disfrutar de la cantidad de horas dedicadas a esto en televisiones, radio, prensa… Horas que nunca se dedicaban a lo que a mí sí me interesaba sin que me pudiera quejar de ello. Ahora lo disfrutaré, le gritaré a la tele cuando se metan con mis colores y me levantaré la camiseta corriendo por el salón cuando ganen los buenos, los que molan, los MÍOS. 

¡Ah, que gran paraiso aquel de las verdades no discutidas porque vienen de una marca de confianza a la que no debes poner en duda!¡Ah, qué gloriosa vida la de el que jamás se plantea nada sino que espera a que los suyos le digan lo que debe sentir. Con un poco de suerte, el tratamiento me sirve también para sentir mis colores políticos. Así habrá otra cosa a la que pueda apoyar sin pensar. Es tann molesto pensar que, en cada cosa pueden tener razón ideas distintas…

Antes de partir hacia un mundo mejor, en el que me gustará todo lo que vosotros queráis, quiero pediros disculpas por estos años locos e insanos en los que he pretendido ocupar mi ocio y mi interés intelectual en cosas diferentes a las vuestras. No sé quién cojones me creía que era. La prepotencia del adolescente, supongo. 

Voy hacia vosotros… Esperadme con banderas a las que seguir ciegamente. 
Cuando quiera, doctor…

LA HABANA EN 20 METROS


Yo a Cuba fui mal acompañado y, lógicamente, acabé sólo. Mientras la gente con la que iba prefería quedarse en un hotel donde te servían hamburguesas en la piscina como colmo del glamour (qué asco de agua con grasa), yo me iba a la Habana Vieja a pasear calles empedradas y respirar aire especiado.

Os aviso que no va a ser este el típico artículo que aprovecha los acontecimientos cubanos que acaban de ocurrir para decir: “Yo una vez estuve allí y, por tanto, puedo hablar durante horas de la situación sociopolítica de la isla”. Yo fui un guiri en Cuba y de poco más puedo hablar de que la gente que conocí. Hablé con taxistas que querían huir, tenderas que estaban felices, camareros que preguntaban intrigados cómo era el mundo ahí fuera y curas que lloraban hablando de las glorias de la revolución.  

Pero quiero contaros la historia de ese retrato:

Soy malísimo con las distancias y con las proporciones, pero debe hacer unos 20 metros desde el arco que marca la entrada a la Plaza de la Catedral desde el mercadillo hasta la terraza que, para guiris como yo, hay instalada en un lado de la plaza, cruzando por delante de las escaleras de la catedral.

Durante la tarde había estado en La Bodeguita de Enmedio leyendo sus paredes, pero la noche era excelente y crucé esos 20 metros dispuesto a camuflarme como uno más de esos guiris que hacen turismo sólo en lugares cercados, asegurados, controlados donde se quita la realidad de los ojos de los extranjeros y se vende topiquismo a altos precios, cualquiera que ha intentado tomarse un Café con leche at Plaza Mayor de Madrid sabe de lo que hablo.

No estuve mucho allí. No soportaba lo postizo de todo, una banda tocaba sones cubanos vestidos de traje oficial mientras un simpático con sombrero paseaba entre las mesas pidiendo limosna que, imagino, luego tendría que entregar al ayuntamiento (Algo que también pasa con los disfrazados de superhéroes de Times Square). El mojito estaba rebajado para no tener problemas con que ningún guiri enfermase,y hasta los pedigüeños ocasionales parecían haber pasado un casting. 

Asqueado de sentir que estaba en una Habana tan prefabricada como el pueblo andaluz en mitad de La Mancha de Bienvenido Mr Marshall, pagué un pastón ilógico por un mojito y me dispuse a ir hacia los aledaños de la Calle 13, donde, en sótanos, se juntan los cubanos a hacer sus fiestas lejos de los extranjeros ricos, como los bailarines de Dirty Dancing.

Camino de ahí, noté que alguien corría detrás de mí, me di la vuelta y era un muchacho de unos 20 años que se paró a mi lado enseñándome un papel sin hablar.

Al principio no reconocí lo que había dibujado en ese papel, pero luego vi que era yo. Un retrato mío. Por primera vez, el muchacho habló:

– ¿Te gusta? Te lo regalo. 

Me gustaba mucho, captaba algo más de mí que el parecido físico, pero le dije que no se lo podía aceptar como regalo, que quería pagarlo.

– ¿Me lo has hecho mientras estaba sentado en la terraza?

– No, ahí no nos dejan, te lo he hecho mientras andabas hacia ella.

Ahí estaba la historia, un retrato hecho en 20 metros. Le pedí que me llevara a un sitio lejos de la zona guiri donde pudiéramos sentarnos. 

Debo decir con tristeza que el chico se vio obligado a decirme: “Encantado, pero te advierto de que no soy jinetero” Incómodo por el bofetón de realidad, le expliqué que sólo quería invitarle a algo y que me contara la historia de cómo hacía esos retratos. 

Me llevó a una terracita cutre de la calle Genios, pedimos una Tukola y una Palma Cristal y me contó la historia de ese y de todos sus retratos:

Cada tarde se sentaba en las escaleras de la Catedral a hacer retratos a los turistas. La ley le prohibía incluso mirar a los turistas muy fijamente una vez se hubieran sentado en la terraza para no amedrentarles, así que tenía únicamente esos 20 metros desde que cruzaban el arco de entrada a la plaza para, en un vistazo, decidir qué persona era retratable y, sobre todo, cuál le daría algo por su trabajo. 

Debía, antes de empezar a pintar, analizar el rostro y el alma de su posible cliente. Durante esos 20 metros, en cuatro trazos, debía hacer algo suficientemente reconocible como para que esa persona quisiera darle algo. Luego esperar a que se levantara de la terraza (allí no podía molestarle) y confiar en poder cogerle por la calle y que él no dijera: “Déjame en paz, moreno”. Incluso el que se tomara el “te lo regalo” como una verdad y se lo quedara sin darle nada.

Toda su calidad de vida de ese día se jugaba en esos 20 metros.

Le pagué el retrato y le pedí, que, por algo más de dinero, me hiciera uno allí, sin prisas, con el modelo posando para él. Y, curiosamente, ese retrato era peor. Estuvo más de 15 minutos mirándome y dibujando y el retrato no captaba ni la mitad de esencia de el que veis aquí. Le pagué los dos y el tiempo que había perdido conmigo sin poder hacer retratos. 

Durante el resto de los días que pasé en La Habana me cruzaba con él cada vez que pasaba el arco de la plaza. Él ya nunca más me vio. dibujaba frenético a un alemán antes de que cruzara esos 20 metros. 

Arrival. La espada y la pluma. 


Quien ha aprendido un nuevo idioma, ha descubierto el placer enorme que es ver las cosas desde otro ángulo conociendo formas diferentes de llamarlas. Pondré un ejemplo tonto: En holandés, a lo que en España llamamos “Erección matutina” (esa con la que nos levantamos los hombres) ellos lo llaman “alegría de la mañana”. Desde que lo sé, ese cambio en la manera de llamarlo me ha hecho sonreír más de un día al levantarme. 

Es  algo que los protagonistas hablan en un momento del film: El idioma que usamos, las palabras que conocemos, limitan nuestra manera de ver la vida y el conocimiento se amplía con cuantas más formas conocemos de llamar a las cosas.

Cada cierto tiempo encuentras una película con tantas aristas que eres muy consciente de no poder abarcarla escribiendo sobre ella. Y cada cierto tiempo, la ciencia ficción, ese género tan despreciado por los que no lo conocen, demuestra su poder para ser, curiosamente, la mejor forma de expresar ideas reales que expliquen nuestra sociedad.

En Arrival está el ADN de 2001 (monolitos que traen conocimiento) y la música de fondo del Interstellar de Nolan, pero hay mucho más detrás de esta historia. 

Arrival habla de muchas cosas, pero, sobre todo, para mí, habla de algo que me ha fascinado desde pequeño: La fuerza del lenguaje.

Jamás he creído que las palabras no sean armas igual o más poderosas que los cañones. Algo parecido dijo el Doctor Henry Jones Senior en aquella Última Cruzada: “La pluma siempre vence a la espada”.

Las palabras curan y hieren y quien no crea eso, no ha sentido el consuelo de un “te quiero” ni la punzada de un ”Ya no te quiero”.

Y de esto, entre muchas otras cosas, habla Arrival.

Me hace gracia que, justo con esta película, alguien me pidiera ayer que la resumiera en una sóla palabra, cuando justo esta historia reflexiona sobre lo que no se puede resumir, sobre lo que necesita ser entendido en su plenitud para sacar todo el conocimiento de ello.

Me hace gracia igual, que algunos digan que es lenta, cuando no hay películas lentas ni rápidas, hay películas que cogen o no su ritmo perfecto para contar la historia que deben contar en el tono en que necesita ser contada. 

Igual que a la protagonista le ocurre, la película necesita de toda tu atención para ser comprendida del todo, y necesita que todo vaya paulatinamente creciendo en tu cabeza, desde los primeros mensajes incomprensibles hasta que empiezan a llenarse de sentido y te permiten, por fin, comunicarte con la película.

Por eso, sólo piensa que es lenta quien tiene prisa por llegar al final sin entender que no se puede subir al Everest en helicóptero y pretender sentir el mismo orgullo que quien lo ha ascendido piedra a piedra, metro a metro. 

La protagonista de esta historia apuesta por ir, paso a paso en el conocimiento de ese nuevo idioma que le enseñan los extraterrestres mientras, a su alrededor, quienes tienen tanta prisa que no están dispuestos a hacer el esfuerzo de esperar, afilan cuchillos y gritan. “Como no lo entiendo, le disparo”.

Por eso ella, cuando tras el lento trabajo de tratar de entenderse con el supuesto enemigo, llega a conocer su idioma, adquiere también el poder de ese idioma. 

Saber más palabras, estar abierto a más maneras de nombrar a las cosas, es una forma de convertirse en superhéroe más probable que esperar un accidente de laboratorio.

Como he dicho, no podía parar de pensar en esto a la salida del cine. Cuántos conflictos actuales se basan en lo poco que conocemos al de enfrente. Cuánto de nuestra prisa, y de nuestro miedo hay en atacar en lugar de preguntar. Cuánto de brutalidad existe en quien maneja un prejuicio en lugar de hacer el esfuerzo de comprender al otro.

Arrival habla de muchas cosas, pero, sobre todo, habla de nuestra prisa, de nuestra inseguridad, de odiar lo que no se conoce porque es más cómodo que tratar de estudiarlo. 

Tenía usted razón, Doctor Jones, la pluma puede más que la espada, pero desgraciadamente, para los buscadores de atajos fáciles, es más complicado saber usarla. 

LLORAR FLOJITO

Un autobús es uno de esos espacios en los que los humanos nos juntamos de manera random a pasar un tiempo ocupando un espacio.

La chica estaba frente a mí y hablaba por teléfono bajito, debía tener 19 años y, por la hora, volvía de trabajar. Tras el primer vistazo a toda la gente que estaba a mi alrededor en el bus en que la vi, volví a mi libro, mientras escuchaba a Etta James.

Fue el rabillo del ojo el que me avisó de algo extraño en el gesto de ella. Sin mirarla fijamente, bajé la música y escuché lo que decía:

 
– ¿Y qué vais a cenar?… Ah, muy rico… ¿Y papá lo mismo?…

 
La conversación era clásica, pero la cara de ella no.

 
– …Bien, hoy es que nos hemos tenido que quedar más rato.

 
Y de repente vi como una lágrima le bailaba en el ojo.

 

– La caja que no cuadraba y Jose ya sabes cómo se pone.

 

No escuchaba el otro lado de la conversación, pero ella ya tuvo que secar la lágrima en caída libre por su mejilla con una mano.

 

– Espera, mamá, que se corta.

 

Retiró el móvil de la oreja, lo tapó y soltó un suspiro, se tapó la boca, se agarró el pecho, respiró hondo y volvió a hablar.

 
– Ya, que estábamos pasando por un túnel… Que  todo muy bien, estoy muy contenta. Dice Jose que, en nada de tiempo, me van a subir de nivel.

 
Dos lágrimas más cayeron de sus ojos, cuando no pudo aguantar la angustia, tosió para soltarla sin que se notara. La voz se le iba cerrando.

 

– Nada, que me he constipado un poquito. Abrigaos que dicen que viene nieve… Oye, dile a papá lo del trabajo, que le va a gustar.

 

Cerró los ojos fuerte y su barbilla se arrugó. Sus nudillos estaban blancos de apretar el puño.

 

– Ya lo sé, mamá, pero díselo igual, que me hace ilusión… Un beso.

 

Colgó, suspiró fuerte y miró alrededor por si alguien la había visto. Yo volví rápido al libro y ella sintió que había pasado desapercibida.

Las tres paradas que me quedaban las pasé pensando en qué hacer, en si un desconocido podía consolarla de alguna manera o hacerla sentir incluso peor. Ella miraba al suelo y en su cara estaba toda esa pena irreversible, la que no se cura ni se consuela.

Cuando llegué a mi parada pasé junto a ella y ella se apartó para dejarme pasar. Lo más discreto que pude hacer fue sonreírle de manera que ella pensara que le agradecía la cortesía pero que mi sonrisa le valiera para darle un poco de calor.

No sé si lo conseguí. Yo me bajé, el bus se fue y por el cristal la vi volver a mirar al suelo juntando los pliegues de su frente. Volví a subir a Etta James mientras llegaba a mi portal.

 

I Sing The Blues- Etta James