Suicide Squad y mi opinión de mierda. 

Imaginemos que un experto en estructuras va un domingo con su familia a un parque acuático. Por mucho que intente dejarse llevar, estoy seguro de que no podrá evitar mirar a esos toboganes altísimos que chupan personas, las deslizan por un intestino retorcido y veloz y los expulsan a una piscina de la que salen despeinados y dando pasos de pato. Este señor se tirará pensando en qué ángulo tienen los giros para ser frenéticos sin ser bruscos, en cada cuantos metros se establece una zona valle para recuperar el impulso final y en cuánto debe durar la atracción para resultar divertida y no agobiante. 

Hay varios tipos de crítica y son incompatibles. La crítica especializada es aquella que hace alguien que tiene una información y unos estudios sobre el tema superior a la media. El crítico especializado es aquel capaz de contrastar su opinión con otros referentes, capaz de analizar un guión, un montaje, unos enfoques, unos referentes…

La otra crítica es la del público en general. En este caso la crítica se convierte en pura piel, el público en general no tiene por qué tener ese tipo de cuidado. Puede dejarse llevar por la película en sí sin necesidad de justificar su opinión más allá de “me lo he pasado bien” o “No me lo he pasado bien”. Eso hacen y hacen bien. 

Últimamente se ha abierto una especie de guerra entre estas dos maneras de disfrutar una película. Hace unos meses con Batman V Superman y ahora con Suicide Squad los fans han levantado sus armas de 160 Caracteres contra los críticos que no estaban diciendo lo que ellos pensaban. 

Estas protestas son justificadas en un tipo de críticos, desgraciadamente muy frecuentes, que son un anacronismo con piernas que no se ha dado cuenta de que el cine, el consumo audiovisual ha cambiado y siguen enviando unas críticas que huelen a tippex y a redacción de periódico de las de antes, con gente con tirantes y jefes que fuman un puro. 

Es especialmente sangrante este desfase en las películas de superhéroes y de cine fantástico. Películas que llevan al cine a gente que no es fan del cine y que requieren ser analizadas por el crítico usando nuevos tipos de referentes que el crítico no tiene: El cómic, las series, la literatura fantástica… El crítico que quiere analizar estas películas con propiedad, debe hacer un esfuerzo de informarse de temas que desconoce, así que la mayoría opta por simplemente despreciar estas películas diciendo que no son cine y volviéndose a poner un ciclo de Hitchcock mientras escupe tabaco y masculla: Esto sí que es cine. 

Por otro lado el público ha conocido el poder de la opinión pública. Le ha cogido el gusto hacer su crítica (fundada o no) de cualquier cosa y recibir su colecta de Likes o Dislikes y cada vez entiende menos que haya opiniones más consideradas que la suya, y más válidas. 

Porque hay también buenos críticos que han hecho sus deberes y aplican sus conocimientos del cine anterior sumándole su conocimiento adquirido de estas nuevas formas. Y estos sí son mejores que la opinión meramente fan, duela o no.

Los fans salen de Suicide Squad como los hijos del señor del principio. Pensando que se han reído, han gritado, han sentido vértigo. Dando por bueno el viaje sin plantearse si habría podido ser mejor. 

El señor se baja del tobogán pensando que el principio es demasiado precipitado, que hay una zona algo aburrida a la mitad, que algunos giros son demasiado bruscos y despistan. Ha disfrutado pero también ha visto los fallos. 

Los dos tienen razón, porque los dos han usado el mismo objeto pero buscando cosas diferentes. Uno para saber más sobre algo que le apasiona, otros para descargar adrenalina. 

Y ahora va lo de mi opinión sobre Suicide Squad pero quería dejar claro que, el hecho de que no pienses como yo no implica que no tengamos los dos razón, ni que hayamos visto películas distintas, simplemente hemos mirado en lugares diferentes. 

Hay muy pocas cosas de esta película que me gusten. Pero las que me gustan, me gustan mucho. 

Me gusta, por supuesto, ese callado homenaje a Doce del Patíbulo comandado por un Lee Marvin (Viola Davis) desalmado y práctico.  

Me gusta ver crecer al Universo DC y sentir el placer de esas historias que se van entrelazando entre películas como llevo años gozando las de Marvel. 

Me gusta ese Deadshot de la presentación en la que le vemos aplicar su “poder” con chulería. 

Me gusta esa Harley Quinn que se devora la película en cada intervención las sonrisas de loca, las miradas perdidas la existencia nihilista, el personaje al que le da lo mismo ocho que ochenta y, precisamente por eso, es el que demuestra coherencia en una película en la que los personajes más “cabales” toman decisiones que en ella son enloquecidas y en los demás directamente estúpidas. 

A lo mejor nos tenemos que acostumbrar a estos guiones de Warner llenos de inconsistencias. Después de Batman V Superman llega esta peli que, como la anterior, esta llena de “porquesís” de “justoahoras” y de “mevienebiens” (es que lo de “Deus Ex Maquina” está muy sobado ya). 

Si en la otra peli nadie nos explicaba por qué Superman tiene en frecuencia a Lois para escuchar si se ha metido en un lío pero no tiene a su madre a la que Luthor rapta sin que Clark se entere de ello, en esta esas cosas ocurren constantemente, tanto que parece ya más un estilo que un error. 

Probablemente tengamos que acostumbrarnos a que el “modo Warner” va a priorizar lo visual a explicarnos paso a paso una historia lógica. Aquí los malos de la función se crean por una magia que nadie nos explica y desarrollan un afán destructivo que surge de la lógica de: “Porque son malos”. Es una opción, pero yo al menos necesito acostumbrarme a ello. 

No me gusta ese Joker que simplemente es Joker sin una filosofía, sin un por qué, entiendo que el personaje ha sido sólo presentado y que va a tener mucho más tratamiento, pero igual que se han currado una presentación inicial para cada prota, me hubiera gustado algo que me explicase este Joker un poco más, esperaré a The Batman para saberlo. 

No me gusta que, en una película coral, haya personajes que simplemente estén ahí para hacer bulto (Capitán Boomerang) o para justificar el CGI (Killer Croc). 

No me gusta que, cuando necesitas que el malo no actúe inmediatamente para dar tiempo a “los buenos” a desarrollar la historia, lo pongas en un tejado a dar vueltas a cosas esperando pacientemente a que los héroes arreglen sus cuitas. 

Lo del tejado y los cascote dando vueltas ya no me gustaba en Cazafantasmas, no me gustaba en Los 4 Fantásticos, no me gusta ahora. Es un recurso viejo y falso. 

No me gusta que me vendan una película punk de malos obligados a ser buenos y que luego se acojonen y le llenen de motivaciones tiernas para que acepten interpretarlos las estrellas de turno. 

Y me gusta que no te aburras en ningún momento. Una película entretenida no tiene por qué ser una buena película. Esta película no tiene ni un sólo momento aburrido y sin embargo, si le miras la estructura. Es absolutamente mejorable. 

Yo quiero que Warner consiga establecer el Universo DC en el cine porque yo quiero que haya al menos dos productoras generando películas que me vuelvan loco en el cine. Así que seguiré yendo emocionado a ver Wonder Woman y Justice League. Esperando encontrarme por fin esa película DC que me emocione sin que note su estructura. Esta tampoco ha sido. 

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BatmanVSuperman. Versión Entendida. 


La versión extendida de BatmanVSuperman para mí deja claras varias cosas:

-Que la versión que vimos en los cines podía gustarte o no pero era claramente mejorable. Esta versión explica muchas de las cosas que fueron criticadas en su momento, lo que demuestra que nos daban gato por liebre y que hay que respetar la libertad la gente a la que le gusten los gatos. 

Lo cierto es que esta es una película infinitamente mejor armada. Donde las cosas pasan mucho menos porque “les da la gana a los señores que la han hecho” y eso ayuda a entender tramas como las de Lex Luthor o la de la bala de Lois Lane, que en la anterior parecían más bien tramas de relleno y aquí hacen avanzar la acción y que todo parezca más una cadena de fichas de dominó. 

Todo encaja mejor. Todos los personajes tienen por qué estar ahí y hasta Jimmy Olsen tiene, por lo menos, nombre. 

Cuesta darse cuenta de cómo nos timaron haciéndonos ir a ver al cine una película claramente mal contada pero reconforta que la gente lo percibiera y ahora disfrutemos de una que, al menos, no nos trata como imbéciles pretendiendo que nos conformemos con ver a Batman y a Superman dándose galletas sin preguntarnos nada más. 

– En mi caso, aunque me gusta mucho más esta película, sigue sin gustarme ese Batman asesino, ese Superman tan despegado de lo humano olvidando que, aunque es extraterrestre, lleva toda su vida aquí. Sigue sin gustarme un Lex Luthor que, aunque en esta versión demuestra tener su plan mucho más inteligentemente trazado, sigue estando demasiado difuso entre un genio del mal y un pijo caprichoso. No me gusta todo esto y lo de “Martha” me sigue pareciendo de un ridículo que asusta. Pero eso es sólo mi opinión y el resto de cosas me gustan mucho más que en la anterior. Me doy por complacido.

– No hace falta que todas las películas que te gusten sean obras maestras sin fisuras lo mismo que no todos los días te apetece un bistec y a veces el cuerpo te pide cheetos. 

Será una película que volveré a ver muchas veces porque tiene escenas maravillosas y porque ahora no me siento tan maltratado por una historia que me pedía demasiadas veces que diera igual que las cosas no se entendieran o se entendieran mal. 

El cuerpo me la pedirá más de una tarde de domingo y yo la veré encantado levantándome a por cheetos en algunas escenas. Pero la disfrutaré. Esta versión sí. 

La obertura del Loco Julián. 


En mi barrio había un loco (en realidad era una persona con una enfermedad mental, pero la crueldad humana lo reducía a “loco”). Uno de esos que van sucios y enfadados hablando en alto calle arriba, calle abajo. Llevaba un radiocassete ochentero en la mano y paseaba gritando las cosas más surrealistas. Yo me cruzaba con él muchos días y escuchaba sus frases sueltas mientras pasaba a mi lado.

– ¡Dejaos de comer pan!! el pan os vuelve tontos!

– ¡Pues si no quieren que la gente aparque, que no hagan coches!

– ¡Quita el calor… Quita el calor y me callo!
Cada 100 metros se paraba, ponía el radiocassete en marcha y cantaba un trozo de “Angelitos negros” de Machín.

– Pintor que pintas iglesiassssss

En el barrio lo conocíamos todos y nos mirábamos con una sonrisa cuando se ponía a gritar esas cosas. Era nuestro loco, no hacía daño a nadie, y era entrañable. El Loco Julián. 

Durante una temporada le dio contra la gente que comía helados, cosas de loco, de manera febril se plantaba delante de cualquiera que llevara un helado y lo ponía a parir:

– Eso que comes, eso mata. Congela el estómago… Claro, porque eso es industrial… Y mancha la acera y se tropiezan los niños. 

El pobre comedor de helados se quedaba paralizado escuchando la bronca, luego el loco seguía su camino un rato y volvía a cantar.

– Pintor, que pintas iglesiaaaasssss.

Al rato aparecía la madre azorada pidiendo perdón a todo el mundo y diciendo que se le había vuelto a escapar, que a veces la medicación no le hacía efecto. Todo muy pintoresco, muy de la España de antes, muy triste pero tierno a la vez.

Un día, un grupo de chavales aburridos decidieron usar al Loco Julián para echar la tarde. Yo fui testigo mientras esperaba el bus de cómo se acercaron a él, que estaba sentado en un banco mirando fijo a un punto inconcreto, y empezaron a azuzarle.

– Mira Julián, este come helados.

Señalaban a uno de su mismo grupo que estaba apoyado en un coche.

– No te hace caso, Julián, dile algo, que este es un pringao. Está poniendo el suelo perdido. 

Risas de boca abierta, escupitajos en el suelo, codazos de complicidad. ¡Qué bien lo estamos pasando con Julián el loco!

Lo mismo fue el calor, que no se había tomado la medicación o vaya usted a saber, pero por primera vez, Julián soltó el radiocassete de Machín, se fue al muchacho del helado, se lo tiró de un manotazo y comenzó a darle empujones en la cabeza contra el coche.

No fueron muchos, los demás enseguida le pararon, pero suficiente como para que se hiciera un aparatoso corte en la ceja y Julián el loco acabara en la acera gritando poseído. Al rato llegó la poli, la ambulancia, los vecinos y, bueno, ya os imagináis la escena.

No he vuelto a ver a Julián por el barrio. Veo a su madre de vez en cuando que aún va mirando hacia abajo como pidiendo perdón por “aquello que pasó con los helados”.

Sí suelo ver a esos chicos, ellos no piden perdón por haber incitado a la violencia a un loco. Aquello quedó en un: “Si es que Julián no estaba para estar en las calles” ninguna consecuencia para los dinamiteros, toda la culpa era de la bomba.  

El lenguaje es una herramienta: Calma a los niños cuando les decimos cosas bonitas en bajito, enamora cuando tratamos de conquistar a alguien, excita el deseo si damos con las palabras y el tono adecuado y, por ese mismo poder, altera el estado de ánimo cuando de usa de forma agresiva con dientes apretados y baba colgandera. Quien lo usa, puede usar un bálsamo o un arma. 

El problema no es que un hater, que en su vida privada es probablemente una buena persona aunque tímido y con problemas de reconocimiento social, busque llamar la atención y sacar paquete poniendo esas cosas.

El problema es que eso puede leerlo cualquiera, incluso el loco Julián, que no distingue, que no matiza, que no diferencia helados de gays de islamistas de semáforos d seguidores de tal o cual equipo o de tortilla sin cebolla. 

El problema es que el gota a gota de agresión y violencia verbal en las redes llega a todas las cabezas, a las sanas y a las enfermas. Y un día, un Loco Julián cualquiera, monta una desgracia en nombre de una idea que ni siquiera entiende muy bien para sentirse, por primera vez, el héroe de cuatro matones de teclado. 

Matones que seguirán pensando que no tienen siquiera una remota responsabilidad por fabricar, cada día, un gota a gota de violencia. confrontación y odio. 

Ellos leerán un día la noticia trágica, se pondrán un hashtag solidario, colgarán una lágrima de colores en instagram y continuarán con su gota malaya de odio pensando: “Cuánto loco hay en el mundo”. Ninguna culpa para el fuego. Toda la culpa para la dinamita. 

– Pintorrrr que pintas iglesiassss

Ventajas de ser Enfadica. 

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En este país tenemos una larga tradición de enfadados. Si lo piensas, casi todos nuestos clásicos lo estaban permanentemente con el mundo: Paco Martinez Soria, Jose Luis López Vázquez, Agustina de Aragón, Franco, tu vecino…

España adora al enfadado, respeta al que se queja y minimiza a cualquiera que hable de la alegría de vivir con un cierto disfrute, enfandándose si hace falta, pero disfrutando si la cosa tampoco requiere dar puñetazos en la mesa. Esos son tontos, son tratados como personas poco interesantes, banales, desgraciados inconscientes.

Esta tradición se mantiene en la tele, donde vemos cada día como señores enfadados hablan de cosas. No importa que no den soluciones, ni siquiera importa que hablen de política, fútbol o Rosasbenitos. Lo que importa, para que las admiremos, es que estén muy enfadados y digan cada cierto tiempo frases del tipo:

“Perdona, yo a ti te he dejado hablar”

“Nos vemos en los juzgados”

“No te voy a consentir…”

O

“Por ahí no estoy dispuesto a pasar”

Veneramos a los enfadicas. Queremos ser como ellos y atraer la atención de todo el mundo hacia nosotros como hacen ellos. Sólo diciendo: “Me levanto y me voy”. 

Y de la tele, por supuesto, hemos trasladado el virus enfadica a las redes. En las redes molas más si estás muuy enfadado. Una foto comiéndote un helado a medias con tu pareja te da unos cuantos comentarios de “qué guapos” “qué buena pareja hacéis”… Poco más.

Pero pon algo que empiece con “Muy cabreado con…” Y prepárate a recibir mil de mensajes de solidaridad y dos mil de “pues no estoy de acuerdo”. Porque el enfadica siempre encuentra a quien se enfade con su enfado. En esta cadena idiota nos hemos metido.

El enfadica ha llegado a un extremo de profesionalización tal, que sólo usa las redes para demostrar lo muy enfadado que está. Recibes en Twitter una protesta de alguien, te metes en su TL y descubres que, antes de protestarte a ti, le ha estado protestando a 10 o 12 personas más sobre cosas variadas.

Me imagino a ese personaje mirando el reloj y diciendo: “Son las 12, me voy a poner a enfadarme ya, que luego se me echa el día encima, no vayan a pensar que soy feliz”.

Como digo, los motivos son lo de menos para el enfadica: “No te metas con los patos” “Me ofende que digas eso de los buzones” “Si no te gustan las guerras atómicas, no vayas”… Hay una muy buena que es “Se me ha caído un mito” porque has dicho que te gusta, por ejemplo, una película que a él no (¿Qué entiendes tú por mito, chato?).

Da igual. Está dejando claro su enfado. Con un poco de suerte, alguien le contestará y podrá establecer un duelo de enfadicas en el que ambos se tiren a la cabeza argumentos del tipo: “Pues tu padre es gilipollas” o “Callate niñato que no tienes ni puta idea”. Argumentos de peso que dejarían a Platón calladito y con el rabo entre las piernas:

– ¿Que vemos sombras? ¡Tú si que vas a ver  sombras como te pille por la calle, payaso!

Es preocupante que hayamos llegado, por los vericuetos caminos de la herencia recibida, a la conclusión de que la vida no es una cosa para ser disfrutada (“Nos estamos riendo mucho, ya lo pagaremos” “Esto es un valle de lágrimas” “Quien bien te quiere, te hará llorar”, decían las abuelas) a la convicción de que lo verdaderamente guay es mostrarse cabreado, que eso nos da una superioridad ante esos tontos que se lo toman todo a chufla.

Percibo una perturbación en la fuerza del disfrute de las cosas. Se ha considerado molón decir que, o lo que vemos, escuchamos, jugamos etc. nos deja absolutamente epatados o directamente nos metemos a las redes a decir que es una mierda porque en el minuto 22 hemos sido tan lissstos que le hemos encontrado un fallo. Ya está, ya no vale, ya tengo el clavo ardiendo al que agarrarme para pillar un cabreo monumental y que todas mis redes tiemblen ante el poder de mi ira.

Yo, sin embargo, que debi ser bastante imbécil, tengo mucho cariño a películas, libros, cómics y hasta personas que, siendo imperfectas, me han dado mucho disfrute. Y las quiero incluso más que a las perfectas, como se quiere a un hijo feo.

Probablemente seas el que más mole de tu timeline por decir que ese libro que le gusta a todo el mundo está sobrevalorado, que tal película es una bazofia indigna aunque has bloqueado en tu memoria que se te abría la boca mientras la viste, o que ese grupo molaba más cuando tocaban en garitos pequeños. Pero adivina quién, en su ansia enfadica, se está perdiendo los placeres de disfrutar de todo eso… ¿Ya?… Pues eso.

Ser hater mola un rato sólo, el tiempo de ponerlo y ser jaleado por cuatro ceporros que te admiran como lider de la manada enfadica.

Pero tú seguirás ejerciendo de enfadica 24 horas al día, estarás buscando el resquicio para enfadarte con este texto y poner un comentario en plan “Me has decepcionado” y disfrutarás haciéndolo, pero te enfadará disfrutar de que te enfadas y seguirás tu círculo…

Porque, aunque en las redes no te gusta que se note… Tú tampoco eres perfecto.

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De cajitas y parroquias 


Cuando mi abuela se quedó viuda, cuando ya tenía a sus hijos criados y peleando con hipotecas e hijos, se sintió sola por primera vez en mucho tiempo.

Algunas tardes yo iba a verla y la descubría en su sofá lleno de pañitos de punto, rodeada de cajitas. 

Eran esas cajitas metálicas de Colacao oxidadas que, cuando yo llegaba, ella cerraba y dejaba en la mesita para que echáramos la tarde hablando de cómo estaba el tiempo, de la cantidad de delicuencia que ella veía por la tele y de cómo se preparan unas manitas de cordero de esas que te dejan los labios pegajosos.

Cuando murió, fuimos a su casa a hacer esas cosas tan feas de: “Tú te quedas con esto, porque la tía Juli ha dicho que quiere esto”. Mientras los hijos repartían las cuatro cosas, yo buscaba en las alacenas de madera oscura para averigüar por fin, qué tenían esas cajitas.

No os vais a sorprender, no es una historia misteriosa, es una historia normal. Aquellas cajitas tenían recuerdos. Fotos, muñecos, un reloj, unos pendientes… Cosas que sólo tenían significado para ella, para mí cachivaches, para ella, su vida.

Aprendí de mi abuela que en la vida, hay que ir llenando cajitas, para cuando ya no haya mucho más que recuerdos. Que hay un momento hacia el final, cuando por delante ya no queda casi camino, en que te gustará rebobinar, hacer balance y pensar: Ha merecido la pena.

Desde entonces, siempre que he vivido un momento importante, interesante, inolvidable, me he dicho para dentro: “Esto va a las cajitas”.

Hace 8 años Monaguillo me llamó para decirme que quería que hiciéramos algo juntos. Un programa de madrugada con llamadas, ese era el encargo. Yo hacía años que había dejado la radio porque no me gustaba lo que, en aquella época, se estaba haciendo y porque la televisión y los monólogos me tenían ocupado. Pero aquella era la posibilidad de volver a ella con la libertad que da un horario que, antes del podcast, estaba reservado a muy pocas personas. 

Y, en tardes de terraza de bar, con un descafeinado de sobre delante, Monaguillo y yo nos inventábamos un lugar ficticio donde se reuniera la gente, muy al final del día, a dejar atrás la política, la economía, los debates enfadados y hablara de cosas muy tontas pero muy divertidas con un par de tipos que, en lugar de hablar cálidamente, gritaran, cantaran y se tomaran la vida como la broma que es.

La quinta acepción de la RAE de la palabra Parroquia es: Conjunto de personas que acuden asiduamente a una misma tienda, establecimiento público, etc…
Así que la cosa salió sola, esa era la idea, ser un espacio donde la gente acudiera cada día a ducharse de toda la roña de la rutina y salir de allí reído.

Que Monaguillo es uno de los talentos cómicos más brutales de este país, y una de las mentes más rápidas que existen ya lo sabía, porque además de ser eso, era y es mi amigo. Todo lo que le está pasando es fruto de mucho trabajo y de mucho talento. Todo ganado a pulso. 

Que juntos nos alimentábamos el uno al otro ese lado raro del cerebro que provoca la risa lo sabíamos los dos, porque ya llevábamos años pasando horas y horas juntos sumando el uno los procesos mentales del otro.
Eso nos dio el valor o la inconsciencia de hacer algo que no sonara a nada conocido. Una cosa que puede ser muy valiente si triunfa, y una mierda muy gorda si nadie lo pilla.

Así que nos pusimos delante del micrófono con una idea de programa, un tono (el tono que podría escuchar cualquier persona y disfrutar sin sentirse insultado en sus ideas u ofendido por las nuestras) y muy poquísima confianza en que alguien fuera a entender lo que queríamos hacer. Todo era demasiado distinto.

Quiso la suerte que nos colocaran, como voz de apoyo y productora a Gemma Ruiz, que resultó ser una de las personas con mayor capacidad de adaptación a nuestro rollo que podría existir. Una bestia de la comunicación que entendió enseguida la fórmula y que sabia dejarnos hacer nuestras locuras apoyándolas de risas y comentarios brillantes y tan inteligente como para aceptar la auto parodia y morirse de risa de ella misma. Una bendición.

Durante los primeros meses todo fueron frases de alivio: “No os coméis los turrones”, “Gritáis demasiado”, “Vais a tener que escribir un guión, no aguantaréis ese ritmo improvisando”, “Eso de usar Facebook y Twitter para un programa es una tontería” “Deberíais tratar temas de actualidad, la gente no quiere hablar de cómo se hace la tortilla de patatas”… Todo era apoyo, alivio, empujones hacia arriba… Cariño.

Sorprendentemente, poco a poco, la gente, vosotros, entendisteis lo que pretendíamos hacer. El parroquiano pilló el tono, comprendió que se trataba de reírnos todos de todos, nos metíamos con el oyente llamándole feo, y ni siquiera le estábamos viendo, mientras que nosotros éramos cabezones, contábamos chistes malos, teníamos la cara antigua o nos lavábamos poco.

Ocho años, unas 1500 noches, calculo que unas 4000 llamadas, más de cien cinexines, regalitos, regalazos, siete libros, una obra de teatro, un show de monólogos y otro de improvisación…
No voy a ser yo quien juzgue si el trabajo está bien o mal hecho, eso es cosa de los parroquianos, sólo diré que, ahora que termina, he comprado un montón de cajitas para guardar miles de momentos que me habéis dejado…

Cuando muera, alguien abrirá unas cajas donde habrá baricoquis, fort glorys, petronilos, puentes de Talavera, salseretes, cantantes flojitos, Mcflys, porcusamientos, pitarchos, potorros y oréganos… Y no entenderá que yo he pasado ratos maravillosos recordando porqué esas cosas tan raras me hicieron tan feliz un día.

Pero eso será al final del camino, para el que me he empeñado en que queda muchísimo. Ahora aún quedan mil cosas que vivir, proyectos que someter a vuestro gusto o disgusto. Futuros éxitos que construir y fracasos que corregir. 

Quedan mil cajitas por llenar, pero estas, en las que pondré una etiqueta en la que ponga: “La Parroquia” estas ya están esperándome para que las repase de vez en cuando.

Y las habéis llenado vosotros. 

Mil gracias. Nos vemos en mil sitios, ojalá sigáis ahí. Yo os seguiré persiguiendo porque me gusta veros reír.

Civil War: Pandilla de perdedores. 


“Las leyes son imperfectas porque las hacen hombres imperfectos”

Un millonario filántropo, que dedica su vida, su talento y su fortuna a proteger a los desvalidos y hacer de su mundo un lugar mejor.

Un ser puro, de fuertes convicciones en su propia bondad y una creencia inmutable en que el ser humano merece ser protegido por aquellos que, además de una superioridad física, poseen una limpieza moral, pero que, además, o precisamente por ello, estos seres “especiales” deben ser libres no estar atados a ninguna bandera, ley o color.
En un momento determinado, las cosas se van de madre, una gran amenaza requiere una gran respuesta y los daños colaterales de esta defensa perciben que ese poder que les protege, puede ser terrible si se vuelve contra ellos, y se plantea la necesidad de controlar ese poder.
Ambos personajes, potencialmente amigos, acaban enfrentándose por una concepción distinta del orden y la libertad.
¿Os suena esta historia? Os tiene que sonar, porque la hemos visto dos veces en menos de un mes plasmada en las dos películas más mediáticas del momento.
No voy a comparar cómo tratan el tema ambas películas, ni si una lo hace mejor y otra peor, porque de eso se encargan los haters de un lado o de otro y aquellos que han decidido que es más gratificante disfrutar de odiar una peli o una franquicia que del cine. 
(Por cierto, cuñaos del haterismo, a ver si por lo menos dejáis de decir Marvel contra DC y decís: Disney contra Warner, que ellos son realmente los que hacen esas pelis que habéis decidido convertir en vuestras banderas a odiar o adorar sin lógica aplicada)
Disney hizo algo muy arriesgado, pero muy bueno a la larga con su saga de superhéroes, tenía a los peores (Ni X-Men, Ni Spiderman, ni los 4F) y decidió ir sembrando película a película una épica que no tenían los personajes con los que contaba (Aún recuerdo con el escepticismo con el que entré a ver una película de uno de los personajes que menos me gustaban de Marvel: Iron Man y con la felicidad con la que salí del cine).
Disney contactó con los mejores guionistas de Marvel, estudió los personajes, les dio una forma cinematográfica y, sobre todo, una continuidad. No fue hasta varias películas después cuando los espectadores (al menos los torpes como yo) nos dimos cuenta de que estábamos ante una saga mucho más que ante una serie de películas aisladas con algún cameo común).
Llegamos a Capitán América : Civil War, por tanto, con un trabajo previo construido a lo largo de ocho años con mayores o menores aciertos, pero con todos los personajes dotados de su propia historia, personalidad y su propio enlace sentimental con el espectador.
Es sorprendente lo criticada que fue la primera película de Capitán América (que a mí me encantó) y cómo ahora se convierte en una película absolutamente necesaria para entender el proceso que lleva a Steve Rogers a posicionarse de la manera en que se posiciona en esta peli. Cómo aquel muchacho que soñaba con defender a su país y llevar su bandera con orgullo por el mundo entero, sufre el revés de ver que su país primero lo convierte en un símbolo apayasado y luego pretende acabar con él cuando su integridad comienza a volverse molesta para los oscuros intereses de quienes han hecho de esa bandera un negocio y del patriotismo su manera de convencer a las masas de que sean sumisos y consientan la corrupción por el bien de unos colores (¿No estoy hablando de ningún país real, por supuesto, de ninguno cercano en el que puedas vivir tú, está claro, sólo hablo de un universo ficticio y de Soldado de Invierno… Por supuesto)
También llega de manera lógica la postura de Iron Man, el que comenzó siendo un chuleta niño de papá y fue sufriendo paso a paso las consecuencias de sus actos, tomados con la libertad que da el dinero, el que convirtió su desenmascaramiento ante las cámaras en un desafío en plan “hago lo que me sale de los circuitos” el que provocó el desastre de Sokovia en Vengadores: La Era de Ultrón, por pensar que, con buenas intenciones sólo puede llegarse a buenos resultados, se ha convertido en uno de los mayores defensores de que le controlen, de evitar los remordimientos que dan los propios actos y desplazarlos a una “fuerza mayor” que decida por él y, por tanto, también pueda recoger las culpas.

Se ha creado una tendencia muy cuñada, muy futbolera, muy polítiquera y muy rentable publicitariamente, que es la de tener que posicionarse en uno de los dos equipos. Son incontables los tuits que tengo pidiendo que me defina entre #TeamCap y #TeamIronMan y yo me he negado a entrar en ese juego porque ya cuando leí los comics en los que se inspira esta historia (Por cierto, unos comics con un planteamiento mejor que todo el recorrido que tienen, para los que protestan porque no han adaptado los cómics tal cual).
Digo que me he negado a tomar postura porque me parece muy evidente que ambos están a la vez equivocados y a la vez tienen razón. Los cómics nacieron ante las presiones de control gubernamentales tras el 11-S y ya entonces el debate era uno de esos inabarcable si quieres tratarlo de manera seria, sin adhesiones inquebrantables no meditadas.

Lo mejor no es quién tiene o no razón, lo mejor es que ambos tienen argumentos defendibles, serios, profundos y consistentes en el desarrollo que hemos visto en ambos. Lo bueno del planteamiento no es que gane uno, es que, en el fondo, ambos pierden.

Lo que hace que una persona se aloje en unos colores, en una idea política o en una bandera no es otra cosa que la pereza mental, la necesidad de acotar los buenos y los malos y tener claro a quién odiar y a quien defender con los ojos cerrados, sin tener que hacer el enorme esfuerzo que supone tener tu opinión en permanente estado de alerta para cambiarlo en cada circunstancia.
Stark acaba viendo cómo los límites que el pretendía poner, lleno de buenas intenciones, son fácilmente sobrepasados por los poseedores del poder cuando visita ese “Guantánamo” submarino en el que, los antes héroes, han sido confiscados.
Rogers comprueba que ha sido azuzado por fuerzas del mal que han aprovechado su bondad en su beneficio para enfrentarle con su amigo, para convencerle de que su idea debía anteponerse a la amistad. Todos pierden, hasta la amistad pierde. 

PD 1.-
Me han gustado todos los Spiderman que Sony ha hecho… Los de Raimi y Webb. El que sacan los Russo en esta película también me gusta, mucho, pero ante todo me gusta este Peter Parker, de aquel bobalicón de Maguire al excesivamente atormentado de Garfield me llevo grandes momentos (“Las promesas buenas son las que no hay que cumplir”).
Este Parker es el de Ditko/Lee y se come cada minuto que tiene en la pantalla, estoy deseando ver una peli completa suya y confirmar que también me va a encantar, recordaré con cariño a los anteriores (Sobre todo si me olvido de Spiderman 3)

PD 2.- 
En los ocho años en los que Disney lleva adaptando el universo Marvel se han tratado estos temas:
– La Venta de armas a países pobres para incendiar sus conflictos y hacerlos rentables para las grandes potencias.

– La corrupción del patrioterismo aprovechado para los intereses comerciales

– El abuso del poder, el abuso del control sobre el poder

– La Rebelión ante el padre, el odio entre hermanos, Caín y Abel.

– La venganza como fin, la venganza como principio, el perdón como solución, el odio como enfermedad.

– El maltrato

– La envidia

– Ser un Dios, encontrar tu humanidad

– La necesidad del desapego de los seres queridos a cambio del regalo de una superioridad.
¿Podemos dejar de decir que estas películas son de puro entretenimiento?
PD 3.- 
Imagina que tú, con tu edad, pierdes un diente, y que a la mañana siguiente encuentras arrugado bajo la almohada un billete de cinco euros… Vives sólo, así que te asustas, piensas en quién ha podido colarse en tu casa, quién habrá sido el gracioso que te ha dado el susto, piensas incluso en la posibilidad de que ese billete estuviera ahí desde hace tiempo y tu casa necesitara una revisión higiénica profunda. Cualquier cosa menos pensar en el Ratoncito Pèrez, porque ese ratón, desgraciadamente, hace años que te dio el disgusto de no existir. 
Tu yo de los ochos años se hubiera alegrado de perder el diente, se habría acostado nervioso sabiendo que durante la noche iba a ocurrir una magia que se iba a perder, y se hubiera levantado mirando fascinado a los cinco euros no tanto por su valor sino por lo maravilloso de que estuvieran ahí. Habría disfrutado todo el proceso.
Ese es el problema que percibo en muchos de los que hablan y odian por las redes, que en lugar de suspender la realidad a favor de lo que debe ser el cine, y más el cine “fantástico” el disfrute del proceso, se sientan ante la pantalla dispuestos a demostrar algo tan obvio como que el Ratoncito Pérez no existe… Peor para vosotros, yo seguiré disfrutando de cada cinco euros que encuentre aunque sepa, como vosotros, que el Ratoncito Pérez no es Robert Downey Jr.