BatmanVSuperman. Versión Entendida. 


La versión extendida de BatmanVSuperman para mí deja claras varias cosas:

-Que la versión que vimos en los cines podía gustarte o no pero era claramente mejorable. Esta versión explica muchas de las cosas que fueron criticadas en su momento, lo que demuestra que nos daban gato por liebre y que hay que respetar la libertad la gente a la que le gusten los gatos. 

Lo cierto es que esta es una película infinitamente mejor armada. Donde las cosas pasan mucho menos porque “les da la gana a los señores que la han hecho” y eso ayuda a entender tramas como las de Lex Luthor o la de la bala de Lois Lane, que en la anterior parecían más bien tramas de relleno y aquí hacen avanzar la acción y que todo parezca más una cadena de fichas de dominó. 

Todo encaja mejor. Todos los personajes tienen por qué estar ahí y hasta Jimmy Olsen tiene, por lo menos, nombre. 

Cuesta darse cuenta de cómo nos timaron haciéndonos ir a ver al cine una película claramente mal contada pero reconforta que la gente lo percibiera y ahora disfrutemos de una que, al menos, no nos trata como imbéciles pretendiendo que nos conformemos con ver a Batman y a Superman dándose galletas sin preguntarnos nada más. 

– En mi caso, aunque me gusta mucho más esta película, sigue sin gustarme ese Batman asesino, ese Superman tan despegado de lo humano olvidando que, aunque es extraterrestre, lleva toda su vida aquí. Sigue sin gustarme un Lex Luthor que, aunque en esta versión demuestra tener su plan mucho más inteligentemente trazado, sigue estando demasiado difuso entre un genio del mal y un pijo caprichoso. No me gusta todo esto y lo de “Martha” me sigue pareciendo de un ridículo que asusta. Pero eso es sólo mi opinión y el resto de cosas me gustan mucho más que en la anterior. Me doy por complacido.

– No hace falta que todas las películas que te gusten sean obras maestras sin fisuras lo mismo que no todos los días te apetece un bistec y a veces el cuerpo te pide cheetos. 

Será una película que volveré a ver muchas veces porque tiene escenas maravillosas y porque ahora no me siento tan maltratado por una historia que me pedía demasiadas veces que diera igual que las cosas no se entendieran o se entendieran mal. 

El cuerpo me la pedirá más de una tarde de domingo y yo la veré encantado levantándome a por cheetos en algunas escenas. Pero la disfrutaré. Esta versión sí. 

La obertura del Loco Julián. 


En mi barrio había un loco (en realidad era una persona con una enfermedad mental, pero la crueldad humana lo reducía a “loco”). Uno de esos que van sucios y enfadados hablando en alto calle arriba, calle abajo. Llevaba un radiocassete ochentero en la mano y paseaba gritando las cosas más surrealistas. Yo me cruzaba con él muchos días y escuchaba sus frases sueltas mientras pasaba a mi lado.

– ¡Dejaos de comer pan!! el pan os vuelve tontos!

– ¡Pues si no quieren que la gente aparque, que no hagan coches!

– ¡Quita el calor… Quita el calor y me callo!
Cada 100 metros se paraba, ponía el radiocassete en marcha y cantaba un trozo de “Angelitos negros” de Machín.

– Pintor que pintas iglesiassssss

En el barrio lo conocíamos todos y nos mirábamos con una sonrisa cuando se ponía a gritar esas cosas. Era nuestro loco, no hacía daño a nadie, y era entrañable. El Loco Julián. 

Durante una temporada le dio contra la gente que comía helados, cosas de loco, de manera febril se plantaba delante de cualquiera que llevara un helado y lo ponía a parir:

– Eso que comes, eso mata. Congela el estómago… Claro, porque eso es industrial… Y mancha la acera y se tropiezan los niños. 

El pobre comedor de helados se quedaba paralizado escuchando la bronca, luego el loco seguía su camino un rato y volvía a cantar.

– Pintor, que pintas iglesiaaaasssss.

Al rato aparecía la madre azorada pidiendo perdón a todo el mundo y diciendo que se le había vuelto a escapar, que a veces la medicación no le hacía efecto. Todo muy pintoresco, muy de la España de antes, muy triste pero tierno a la vez.

Un día, un grupo de chavales aburridos decidieron usar al Loco Julián para echar la tarde. Yo fui testigo mientras esperaba el bus de cómo se acercaron a él, que estaba sentado en un banco mirando fijo a un punto inconcreto, y empezaron a azuzarle.

– Mira Julián, este come helados.

Señalaban a uno de su mismo grupo que estaba apoyado en un coche.

– No te hace caso, Julián, dile algo, que este es un pringao. Está poniendo el suelo perdido. 

Risas de boca abierta, escupitajos en el suelo, codazos de complicidad. ¡Qué bien lo estamos pasando con Julián el loco!

Lo mismo fue el calor, que no se había tomado la medicación o vaya usted a saber, pero por primera vez, Julián soltó el radiocassete de Machín, se fue al muchacho del helado, se lo tiró de un manotazo y comenzó a darle empujones en la cabeza contra el coche.

No fueron muchos, los demás enseguida le pararon, pero suficiente como para que se hiciera un aparatoso corte en la ceja y Julián el loco acabara en la acera gritando poseído. Al rato llegó la poli, la ambulancia, los vecinos y, bueno, ya os imagináis la escena.

No he vuelto a ver a Julián por el barrio. Veo a su madre de vez en cuando que aún va mirando hacia abajo como pidiendo perdón por “aquello que pasó con los helados”.

Sí suelo ver a esos chicos, ellos no piden perdón por haber incitado a la violencia a un loco. Aquello quedó en un: “Si es que Julián no estaba para estar en las calles” ninguna consecuencia para los dinamiteros, toda la culpa era de la bomba.  

El lenguaje es una herramienta: Calma a los niños cuando les decimos cosas bonitas en bajito, enamora cuando tratamos de conquistar a alguien, excita el deseo si damos con las palabras y el tono adecuado y, por ese mismo poder, altera el estado de ánimo cuando de usa de forma agresiva con dientes apretados y baba colgandera. Quien lo usa, puede usar un bálsamo o un arma. 

El problema no es que un hater, que en su vida privada es probablemente una buena persona aunque tímido y con problemas de reconocimiento social, busque llamar la atención y sacar paquete poniendo esas cosas.

El problema es que eso puede leerlo cualquiera, incluso el loco Julián, que no distingue, que no matiza, que no diferencia helados de gays de islamistas de semáforos d seguidores de tal o cual equipo o de tortilla sin cebolla. 

El problema es que el gota a gota de agresión y violencia verbal en las redes llega a todas las cabezas, a las sanas y a las enfermas. Y un día, un Loco Julián cualquiera, monta una desgracia en nombre de una idea que ni siquiera entiende muy bien para sentirse, por primera vez, el héroe de cuatro matones de teclado. 

Matones que seguirán pensando que no tienen siquiera una remota responsabilidad por fabricar, cada día, un gota a gota de violencia. confrontación y odio. 

Ellos leerán un día la noticia trágica, se pondrán un hashtag solidario, colgarán una lágrima de colores en instagram y continuarán con su gota malaya de odio pensando: “Cuánto loco hay en el mundo”. Ninguna culpa para el fuego. Toda la culpa para la dinamita. 

– Pintorrrr que pintas iglesiassss

Ventajas de ser Enfadica. 

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En este país tenemos una larga tradición de enfadados. Si lo piensas, casi todos nuestos clásicos lo estaban permanentemente con el mundo: Paco Martinez Soria, Jose Luis López Vázquez, Agustina de Aragón, Franco, tu vecino…

España adora al enfadado, respeta al que se queja y minimiza a cualquiera que hable de la alegría de vivir con un cierto disfrute, enfandándose si hace falta, pero disfrutando si la cosa tampoco requiere dar puñetazos en la mesa. Esos son tontos, son tratados como personas poco interesantes, banales, desgraciados inconscientes.

Esta tradición se mantiene en la tele, donde vemos cada día como señores enfadados hablan de cosas. No importa que no den soluciones, ni siquiera importa que hablen de política, fútbol o Rosasbenitos. Lo que importa, para que las admiremos, es que estén muy enfadados y digan cada cierto tiempo frases del tipo:

“Perdona, yo a ti te he dejado hablar”

“Nos vemos en los juzgados”

“No te voy a consentir…”

O

“Por ahí no estoy dispuesto a pasar”

Veneramos a los enfadicas. Queremos ser como ellos y atraer la atención de todo el mundo hacia nosotros como hacen ellos. Sólo diciendo: “Me levanto y me voy”. 

Y de la tele, por supuesto, hemos trasladado el virus enfadica a las redes. En las redes molas más si estás muuy enfadado. Una foto comiéndote un helado a medias con tu pareja te da unos cuantos comentarios de “qué guapos” “qué buena pareja hacéis”… Poco más.

Pero pon algo que empiece con “Muy cabreado con…” Y prepárate a recibir mil de mensajes de solidaridad y dos mil de “pues no estoy de acuerdo”. Porque el enfadica siempre encuentra a quien se enfade con su enfado. En esta cadena idiota nos hemos metido.

El enfadica ha llegado a un extremo de profesionalización tal, que sólo usa las redes para demostrar lo muy enfadado que está. Recibes en Twitter una protesta de alguien, te metes en su TL y descubres que, antes de protestarte a ti, le ha estado protestando a 10 o 12 personas más sobre cosas variadas.

Me imagino a ese personaje mirando el reloj y diciendo: “Son las 12, me voy a poner a enfadarme ya, que luego se me echa el día encima, no vayan a pensar que soy feliz”.

Como digo, los motivos son lo de menos para el enfadica: “No te metas con los patos” “Me ofende que digas eso de los buzones” “Si no te gustan las guerras atómicas, no vayas”… Hay una muy buena que es “Se me ha caído un mito” porque has dicho que te gusta, por ejemplo, una película que a él no (¿Qué entiendes tú por mito, chato?).

Da igual. Está dejando claro su enfado. Con un poco de suerte, alguien le contestará y podrá establecer un duelo de enfadicas en el que ambos se tiren a la cabeza argumentos del tipo: “Pues tu padre es gilipollas” o “Callate niñato que no tienes ni puta idea”. Argumentos de peso que dejarían a Platón calladito y con el rabo entre las piernas:

– ¿Que vemos sombras? ¡Tú si que vas a ver  sombras como te pille por la calle, payaso!

Es preocupante que hayamos llegado, por los vericuetos caminos de la herencia recibida, a la conclusión de que la vida no es una cosa para ser disfrutada (“Nos estamos riendo mucho, ya lo pagaremos” “Esto es un valle de lágrimas” “Quien bien te quiere, te hará llorar”, decían las abuelas) a la convicción de que lo verdaderamente guay es mostrarse cabreado, que eso nos da una superioridad ante esos tontos que se lo toman todo a chufla.

Percibo una perturbación en la fuerza del disfrute de las cosas. Se ha considerado molón decir que, o lo que vemos, escuchamos, jugamos etc. nos deja absolutamente epatados o directamente nos metemos a las redes a decir que es una mierda porque en el minuto 22 hemos sido tan lissstos que le hemos encontrado un fallo. Ya está, ya no vale, ya tengo el clavo ardiendo al que agarrarme para pillar un cabreo monumental y que todas mis redes tiemblen ante el poder de mi ira.

Yo, sin embargo, que debi ser bastante imbécil, tengo mucho cariño a películas, libros, cómics y hasta personas que, siendo imperfectas, me han dado mucho disfrute. Y las quiero incluso más que a las perfectas, como se quiere a un hijo feo.

Probablemente seas el que más mole de tu timeline por decir que ese libro que le gusta a todo el mundo está sobrevalorado, que tal película es una bazofia indigna aunque has bloqueado en tu memoria que se te abría la boca mientras la viste, o que ese grupo molaba más cuando tocaban en garitos pequeños. Pero adivina quién, en su ansia enfadica, se está perdiendo los placeres de disfrutar de todo eso… ¿Ya?… Pues eso.

Ser hater mola un rato sólo, el tiempo de ponerlo y ser jaleado por cuatro ceporros que te admiran como lider de la manada enfadica.

Pero tú seguirás ejerciendo de enfadica 24 horas al día, estarás buscando el resquicio para enfadarte con este texto y poner un comentario en plan “Me has decepcionado” y disfrutarás haciéndolo, pero te enfadará disfrutar de que te enfadas y seguirás tu círculo…

Porque, aunque en las redes no te gusta que se note… Tú tampoco eres perfecto.

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De cajitas y parroquias 


Cuando mi abuela se quedó viuda, cuando ya tenía a sus hijos criados y peleando con hipotecas e hijos, se sintió sola por primera vez en mucho tiempo.

Algunas tardes yo iba a verla y la descubría en su sofá lleno de pañitos de punto, rodeada de cajitas. 

Eran esas cajitas metálicas de Colacao oxidadas que, cuando yo llegaba, ella cerraba y dejaba en la mesita para que echáramos la tarde hablando de cómo estaba el tiempo, de la cantidad de delicuencia que ella veía por la tele y de cómo se preparan unas manitas de cordero de esas que te dejan los labios pegajosos.

Cuando murió, fuimos a su casa a hacer esas cosas tan feas de: “Tú te quedas con esto, porque la tía Juli ha dicho que quiere esto”. Mientras los hijos repartían las cuatro cosas, yo buscaba en las alacenas de madera oscura para averigüar por fin, qué tenían esas cajitas.

No os vais a sorprender, no es una historia misteriosa, es una historia normal. Aquellas cajitas tenían recuerdos. Fotos, muñecos, un reloj, unos pendientes… Cosas que sólo tenían significado para ella, para mí cachivaches, para ella, su vida.

Aprendí de mi abuela que en la vida, hay que ir llenando cajitas, para cuando ya no haya mucho más que recuerdos. Que hay un momento hacia el final, cuando por delante ya no queda casi camino, en que te gustará rebobinar, hacer balance y pensar: Ha merecido la pena.

Desde entonces, siempre que he vivido un momento importante, interesante, inolvidable, me he dicho para dentro: “Esto va a las cajitas”.

Hace 8 años Monaguillo me llamó para decirme que quería que hiciéramos algo juntos. Un programa de madrugada con llamadas, ese era el encargo. Yo hacía años que había dejado la radio porque no me gustaba lo que, en aquella época, se estaba haciendo y porque la televisión y los monólogos me tenían ocupado. Pero aquella era la posibilidad de volver a ella con la libertad que da un horario que, antes del podcast, estaba reservado a muy pocas personas. 

Y, en tardes de terraza de bar, con un descafeinado de sobre delante, Monaguillo y yo nos inventábamos un lugar ficticio donde se reuniera la gente, muy al final del día, a dejar atrás la política, la economía, los debates enfadados y hablara de cosas muy tontas pero muy divertidas con un par de tipos que, en lugar de hablar cálidamente, gritaran, cantaran y se tomaran la vida como la broma que es.

La quinta acepción de la RAE de la palabra Parroquia es: Conjunto de personas que acuden asiduamente a una misma tienda, establecimiento público, etc…
Así que la cosa salió sola, esa era la idea, ser un espacio donde la gente acudiera cada día a ducharse de toda la roña de la rutina y salir de allí reído.

Que Monaguillo es uno de los talentos cómicos más brutales de este país, y una de las mentes más rápidas que existen ya lo sabía, porque además de ser eso, era y es mi amigo. Todo lo que le está pasando es fruto de mucho trabajo y de mucho talento. Todo ganado a pulso. 

Que juntos nos alimentábamos el uno al otro ese lado raro del cerebro que provoca la risa lo sabíamos los dos, porque ya llevábamos años pasando horas y horas juntos sumando el uno los procesos mentales del otro.
Eso nos dio el valor o la inconsciencia de hacer algo que no sonara a nada conocido. Una cosa que puede ser muy valiente si triunfa, y una mierda muy gorda si nadie lo pilla.

Así que nos pusimos delante del micrófono con una idea de programa, un tono (el tono que podría escuchar cualquier persona y disfrutar sin sentirse insultado en sus ideas u ofendido por las nuestras) y muy poquísima confianza en que alguien fuera a entender lo que queríamos hacer. Todo era demasiado distinto.

Quiso la suerte que nos colocaran, como voz de apoyo y productora a Gemma Ruiz, que resultó ser una de las personas con mayor capacidad de adaptación a nuestro rollo que podría existir. Una bestia de la comunicación que entendió enseguida la fórmula y que sabia dejarnos hacer nuestras locuras apoyándolas de risas y comentarios brillantes y tan inteligente como para aceptar la auto parodia y morirse de risa de ella misma. Una bendición.

Durante los primeros meses todo fueron frases de alivio: “No os coméis los turrones”, “Gritáis demasiado”, “Vais a tener que escribir un guión, no aguantaréis ese ritmo improvisando”, “Eso de usar Facebook y Twitter para un programa es una tontería” “Deberíais tratar temas de actualidad, la gente no quiere hablar de cómo se hace la tortilla de patatas”… Todo era apoyo, alivio, empujones hacia arriba… Cariño.

Sorprendentemente, poco a poco, la gente, vosotros, entendisteis lo que pretendíamos hacer. El parroquiano pilló el tono, comprendió que se trataba de reírnos todos de todos, nos metíamos con el oyente llamándole feo, y ni siquiera le estábamos viendo, mientras que nosotros éramos cabezones, contábamos chistes malos, teníamos la cara antigua o nos lavábamos poco.

Ocho años, unas 1500 noches, calculo que unas 4000 llamadas, más de cien cinexines, regalitos, regalazos, siete libros, una obra de teatro, un show de monólogos y otro de improvisación…
No voy a ser yo quien juzgue si el trabajo está bien o mal hecho, eso es cosa de los parroquianos, sólo diré que, ahora que termina, he comprado un montón de cajitas para guardar miles de momentos que me habéis dejado…

Cuando muera, alguien abrirá unas cajas donde habrá baricoquis, fort glorys, petronilos, puentes de Talavera, salseretes, cantantes flojitos, Mcflys, porcusamientos, pitarchos, potorros y oréganos… Y no entenderá que yo he pasado ratos maravillosos recordando porqué esas cosas tan raras me hicieron tan feliz un día.

Pero eso será al final del camino, para el que me he empeñado en que queda muchísimo. Ahora aún quedan mil cosas que vivir, proyectos que someter a vuestro gusto o disgusto. Futuros éxitos que construir y fracasos que corregir. 

Quedan mil cajitas por llenar, pero estas, en las que pondré una etiqueta en la que ponga: “La Parroquia” estas ya están esperándome para que las repase de vez en cuando.

Y las habéis llenado vosotros. 

Mil gracias. Nos vemos en mil sitios, ojalá sigáis ahí. Yo os seguiré persiguiendo porque me gusta veros reír.

Civil War: Pandilla de perdedores. 


“Las leyes son imperfectas porque las hacen hombres imperfectos”

Un millonario filántropo, que dedica su vida, su talento y su fortuna a proteger a los desvalidos y hacer de su mundo un lugar mejor.

Un ser puro, de fuertes convicciones en su propia bondad y una creencia inmutable en que el ser humano merece ser protegido por aquellos que, además de una superioridad física, poseen una limpieza moral, pero que, además, o precisamente por ello, estos seres “especiales” deben ser libres no estar atados a ninguna bandera, ley o color.
En un momento determinado, las cosas se van de madre, una gran amenaza requiere una gran respuesta y los daños colaterales de esta defensa perciben que ese poder que les protege, puede ser terrible si se vuelve contra ellos, y se plantea la necesidad de controlar ese poder.
Ambos personajes, potencialmente amigos, acaban enfrentándose por una concepción distinta del orden y la libertad.
¿Os suena esta historia? Os tiene que sonar, porque la hemos visto dos veces en menos de un mes plasmada en las dos películas más mediáticas del momento.
No voy a comparar cómo tratan el tema ambas películas, ni si una lo hace mejor y otra peor, porque de eso se encargan los haters de un lado o de otro y aquellos que han decidido que es más gratificante disfrutar de odiar una peli o una franquicia que del cine. 
(Por cierto, cuñaos del haterismo, a ver si por lo menos dejáis de decir Marvel contra DC y decís: Disney contra Warner, que ellos son realmente los que hacen esas pelis que habéis decidido convertir en vuestras banderas a odiar o adorar sin lógica aplicada)
Disney hizo algo muy arriesgado, pero muy bueno a la larga con su saga de superhéroes, tenía a los peores (Ni X-Men, Ni Spiderman, ni los 4F) y decidió ir sembrando película a película una épica que no tenían los personajes con los que contaba (Aún recuerdo con el escepticismo con el que entré a ver una película de uno de los personajes que menos me gustaban de Marvel: Iron Man y con la felicidad con la que salí del cine).
Disney contactó con los mejores guionistas de Marvel, estudió los personajes, les dio una forma cinematográfica y, sobre todo, una continuidad. No fue hasta varias películas después cuando los espectadores (al menos los torpes como yo) nos dimos cuenta de que estábamos ante una saga mucho más que ante una serie de películas aisladas con algún cameo común).
Llegamos a Capitán América : Civil War, por tanto, con un trabajo previo construido a lo largo de ocho años con mayores o menores aciertos, pero con todos los personajes dotados de su propia historia, personalidad y su propio enlace sentimental con el espectador.
Es sorprendente lo criticada que fue la primera película de Capitán América (que a mí me encantó) y cómo ahora se convierte en una película absolutamente necesaria para entender el proceso que lleva a Steve Rogers a posicionarse de la manera en que se posiciona en esta peli. Cómo aquel muchacho que soñaba con defender a su país y llevar su bandera con orgullo por el mundo entero, sufre el revés de ver que su país primero lo convierte en un símbolo apayasado y luego pretende acabar con él cuando su integridad comienza a volverse molesta para los oscuros intereses de quienes han hecho de esa bandera un negocio y del patriotismo su manera de convencer a las masas de que sean sumisos y consientan la corrupción por el bien de unos colores (¿No estoy hablando de ningún país real, por supuesto, de ninguno cercano en el que puedas vivir tú, está claro, sólo hablo de un universo ficticio y de Soldado de Invierno… Por supuesto)
También llega de manera lógica la postura de Iron Man, el que comenzó siendo un chuleta niño de papá y fue sufriendo paso a paso las consecuencias de sus actos, tomados con la libertad que da el dinero, el que convirtió su desenmascaramiento ante las cámaras en un desafío en plan “hago lo que me sale de los circuitos” el que provocó el desastre de Sokovia en Vengadores: La Era de Ultrón, por pensar que, con buenas intenciones sólo puede llegarse a buenos resultados, se ha convertido en uno de los mayores defensores de que le controlen, de evitar los remordimientos que dan los propios actos y desplazarlos a una “fuerza mayor” que decida por él y, por tanto, también pueda recoger las culpas.

Se ha creado una tendencia muy cuñada, muy futbolera, muy polítiquera y muy rentable publicitariamente, que es la de tener que posicionarse en uno de los dos equipos. Son incontables los tuits que tengo pidiendo que me defina entre #TeamCap y #TeamIronMan y yo me he negado a entrar en ese juego porque ya cuando leí los comics en los que se inspira esta historia (Por cierto, unos comics con un planteamiento mejor que todo el recorrido que tienen, para los que protestan porque no han adaptado los cómics tal cual).
Digo que me he negado a tomar postura porque me parece muy evidente que ambos están a la vez equivocados y a la vez tienen razón. Los cómics nacieron ante las presiones de control gubernamentales tras el 11-S y ya entonces el debate era uno de esos inabarcable si quieres tratarlo de manera seria, sin adhesiones inquebrantables no meditadas.

Lo mejor no es quién tiene o no razón, lo mejor es que ambos tienen argumentos defendibles, serios, profundos y consistentes en el desarrollo que hemos visto en ambos. Lo bueno del planteamiento no es que gane uno, es que, en el fondo, ambos pierden.

Lo que hace que una persona se aloje en unos colores, en una idea política o en una bandera no es otra cosa que la pereza mental, la necesidad de acotar los buenos y los malos y tener claro a quién odiar y a quien defender con los ojos cerrados, sin tener que hacer el enorme esfuerzo que supone tener tu opinión en permanente estado de alerta para cambiarlo en cada circunstancia.
Stark acaba viendo cómo los límites que el pretendía poner, lleno de buenas intenciones, son fácilmente sobrepasados por los poseedores del poder cuando visita ese “Guantánamo” submarino en el que, los antes héroes, han sido confiscados.
Rogers comprueba que ha sido azuzado por fuerzas del mal que han aprovechado su bondad en su beneficio para enfrentarle con su amigo, para convencerle de que su idea debía anteponerse a la amistad. Todos pierden, hasta la amistad pierde. 

PD 1.-
Me han gustado todos los Spiderman que Sony ha hecho… Los de Raimi y Webb. El que sacan los Russo en esta película también me gusta, mucho, pero ante todo me gusta este Peter Parker, de aquel bobalicón de Maguire al excesivamente atormentado de Garfield me llevo grandes momentos (“Las promesas buenas son las que no hay que cumplir”).
Este Parker es el de Ditko/Lee y se come cada minuto que tiene en la pantalla, estoy deseando ver una peli completa suya y confirmar que también me va a encantar, recordaré con cariño a los anteriores (Sobre todo si me olvido de Spiderman 3)

PD 2.- 
En los ocho años en los que Disney lleva adaptando el universo Marvel se han tratado estos temas:
– La Venta de armas a países pobres para incendiar sus conflictos y hacerlos rentables para las grandes potencias.

– La corrupción del patrioterismo aprovechado para los intereses comerciales

– El abuso del poder, el abuso del control sobre el poder

– La Rebelión ante el padre, el odio entre hermanos, Caín y Abel.

– La venganza como fin, la venganza como principio, el perdón como solución, el odio como enfermedad.

– El maltrato

– La envidia

– Ser un Dios, encontrar tu humanidad

– La necesidad del desapego de los seres queridos a cambio del regalo de una superioridad.
¿Podemos dejar de decir que estas películas son de puro entretenimiento?
PD 3.- 
Imagina que tú, con tu edad, pierdes un diente, y que a la mañana siguiente encuentras arrugado bajo la almohada un billete de cinco euros… Vives sólo, así que te asustas, piensas en quién ha podido colarse en tu casa, quién habrá sido el gracioso que te ha dado el susto, piensas incluso en la posibilidad de que ese billete estuviera ahí desde hace tiempo y tu casa necesitara una revisión higiénica profunda. Cualquier cosa menos pensar en el Ratoncito Pèrez, porque ese ratón, desgraciadamente, hace años que te dio el disgusto de no existir. 
Tu yo de los ochos años se hubiera alegrado de perder el diente, se habría acostado nervioso sabiendo que durante la noche iba a ocurrir una magia que se iba a perder, y se hubiera levantado mirando fascinado a los cinco euros no tanto por su valor sino por lo maravilloso de que estuvieran ahí. Habría disfrutado todo el proceso.
Ese es el problema que percibo en muchos de los que hablan y odian por las redes, que en lugar de suspender la realidad a favor de lo que debe ser el cine, y más el cine “fantástico” el disfrute del proceso, se sientan ante la pantalla dispuestos a demostrar algo tan obvio como que el Ratoncito Pérez no existe… Peor para vosotros, yo seguiré disfrutando de cada cinco euros que encuentre aunque sepa, como vosotros, que el Ratoncito Pérez no es Robert Downey Jr.

Batman v Superman. Cristales Verdes, cristales negros. 

  
Hay dos maneras de ver esta película. Si la ves de una, es una buena peli, si las ves de la otra, no es mala, pero no es buena. 
Es lo que tiene cualquier manifestación artística, que es la suma de la obra en sí y de la persona que la está viendo, por lo tanto cada opinión es distinta, por lo tanto todas las opiniones valen y, por lo tanto, realmente ninguna vale excepto para la persona que la emite.

La relación con una película es muy parecida al deseo. Imposible racionalizar por qué una persona te pone y otra no, depende más de ti, de tu actitud ante esa persona, que de la persona en sí.

Por eso me intersan poco las críticas simplistas de “dedo arriba o dedo abajo” por eso los que pretenden resumir la película en un tuit no aportan mucho más de un “a mí no me ha gustado” tan poco útil como un “pues yo no tengo frío” en el Polo.

MANERA DE VERLA NÚMERO UNO: ESTA PELI ES BUENA.

Como espectáculo cinematográfico no hay prácticamente un pero que ponerle. Visualmente la película es un festival de buenas ideas, su estética es impecable y las peleas, las muchas que hay, son espectaculares y honestas, pocas veces usa Snyder el truco de usar el montaje rápido para dar la impresión de acción sin realmente haberla.
La historia, aunque algo precipitada, contada a medias y con partes que no se entienden pero te prometen que se entenderán en las continuaciones de la saga, es sencilla y masticable, a grandes rasgos pillas que hay un pique entre los dos grandes héroes y un malo que conspira para enfrentarlos y sacar rendimiento de eso. Suficiente para disfrutar de la ensalada de hostias y destrucción… 

Por si fuera poco, los personajes tienen todos su toque de profundidad psicológica, hay una reacción social al miedo de la gente a que alguien acumule tanto poder en sí mismo como Superman, hay una reacción de protección a ello, hay un recelo ante los que usan una identidad secreta para hacer el bien, pero no pueden garantizarnos que su idea del bien sea la nuestra… 

Hay una música épica bien montada, una fotografía cuidada, y sobre todo, con muy pocos baches, una narración lineal que no decae y hace que las dos horas y pico que estás sentado delante de ella, la película te tenga entretenido y hasta, a veces, fascinado.

Hay buenas frases, momentos interesantes y un cierto desarrollo de lo que fue Man of Steel y de sus consecuencias. 
Si la ves así, esta es una buena película.

MANERA DE VERLA NÚMERO DOS: ESTA PELI NO ES MALA, PERO NO ES BUENA.

Probablemente si a esta película, además de un rato de entretenimiento, acudes buscando emoción, emoción entendida como identificarte con los personajes, sufrir con ellos, y, como dicen en la película, sangrar con ellos… Esta no sea tu película.

Si además eres lector de los cómics y acudes buscando cómo han adaptado a tus personajes favoritos, es más que probable que no te vaya a gustar.
El Batman de esta película es visualmente impresionante, los trajes, el Batwing, la marea de pelear heredada de la saga Arkham de los videojuegos… La cáscara no puede ser más espectacular. Con el problema de que, ese tipo vestido con esos trajes tan alucinantes, no es Batman.

En el fondo ya ha ocurrido mas veces, me hablan de películas de Harrison Ford vestido con sombrero y cazadora de cuero que, sin embargo no era, hablaba y se comportaba como Indiana Jones. Y algo así ocurre aquí. Viste como Batman, pelea como Batman, se enfada como Batman. Pero no es Batman.

Batman no mata innecesariamente, y mucho menos a cuatro matones prescindibles… Años y años de conflictos psicológicos de Bruce Wayne para tratar de resolver los problemas manteniendo la obligación ética de no matar a no ser que sea absolutamente necesario, se los pasan aquí por el arco de la gloria de Goyer y Snyder que no tienen tiempo de respetar una de las características más interesantes del personaje… Si el personaje hace eso, no es Batman, puede vestir de murciélago y tener un foco apuntando al cielo, pero no es Batman.

Pero seguramente el momento en que dejan claro que ni estamos viendo a Batman ni a Bruce Wayne, es cuando ponen en su boca un discurso tan indigno de Batman como el de “El ser humano es bueno, en el fondo, y su bondad salvará a la raza humana…” 

Este discurso podría haberlo dicho cualquiera de los personajes de la película si de verdad era imprescindible… ¿Pero Bruce Wayne? El hombre que ha aprendido desde la niñez que el ser humano tiene una parte oscura contra la que hay que luchar cada noche de manera enfermiza para no permitir que gane al lado luminoso, el hombre que ha conocido la maldad pura en el Joker y que ha sintetizado los dos lados de cada ser humano en Dos Caras. 

El hombre que ha convertido en tortura psicológica su lucha inútil por detener la pulsión criminal que hay dentro de cada uno de nosotros… De repente ese personaje se marca un discurso digno de Heidi hablando de la belleza del alma humana, de la inocencia salvaje… Puede ser Tarzán, puede ser hasta el mismo Superman, cualquier heredero del cursi de Jean-Jacques Rousseau… Pero ese tío, no es Batman.

Cuando leo que Ben Affleck hace un gran Batman mi pensamiento es: Hace un buen papel, pero no hace de Batman.

Si ves la película más allá de buscar el entretenimiento, probablemente no entenderás la mitad de las veces por qué los personajes hacen las cosas… Por qué el odio y el amor entre los dos protas se potencia según le vaya interesando a los narradores… “Necesitamos una lucha, que se enfade mucho Bruce Wayne” “Necesitamos que paren de luchar… Vale, pues que se entere de que sus madres se llamaban igual y se le pase el enfado”.

Si además de una peli espectacular y entretenida, buscas a los personajes que amas, te vas a encontrar a un Lex Luthor que, cómo Batman, no es Lex Luthor, en la primera parte es más bien un malo de Disney, deslenguado y chulesco (Me recuerda mucho al Hades de la adaptación Disney de Hércules) y, en el final de la película, te vas a encontrar al Joker, pero a Luthor no le vas a ver por ningún lado.

Te vas a encontrar cómo, en una de las escenas más ridículas que recuerdo, los creadores de la historia, han pervertido a dos de los grandes rivales de Superman: Zod y Doomsday para hacer, con prisas y de la forma más chapucera del mundo, una especie de mashup que les valga para solucionar el final de la peli… 

A la mierda todo, tenemos que llegar a la Liga De La Justicia cuanto antes y no tenemos tiempo de respetar nada. Y ojo, no estoy pidiendo que se cuente como en los cómics, tampoco Civil War se va a contar como en los cómics y no me importará si me cuenta una buena historia, estoy pidiendo que no traicionen lo más importante, mucho más que las historias, que tiene este universo: Los personajes.

Si la muerte de Superman no te emociona, es porque no han conseguido que ese personaje que ves en la película sea Superman y yo al menos, no me estremecí lo más mínimo, y nadie de las personas con las que he hablado me ha dicho: “Cómo lloré cuando muere Superman”… Probablemente tampoco había tiempo para mostrar la pelea con Doomsday con la desesperación y la entrega con la que se contó en su día… 

Había que enseñar a la Trinidad luchando junta, desaparece la emoción, pero gana el espectáculo… Y hay que vender palomitas, no kleenex.

                   EN DEFINITIVA

Puedes salir del cine con la sensación de que has pasado dos buenas horas viendo hostias y destrucción y salir contento y feliz, satisfecha tu hambre de imágenes como cuando te comes un perrito caliente a las seis de la mañana en el bar más guarro de la zona y te sientes reconfortado y feliz.

Puedes salir con la sensación de que, con esos ingredientes, podían haber preparado un plato excelentemente condimentado, lleno de sabor, una experiencia gastronómica inolvidable… Y te han dado un perrito guarro.

Y en los dos caso, tendrás razón.

  

Mirando al dedo

  
Cada uno tiene sus discos míticos, los que se pone en esos raros momentos en que alcanza la placidez interior, logra borrar de la cabeza los Fraggel que aparecen recordándole cosas por hacer y la soledad se convierte en plácida quietud.

Uno de esos míos es Sunday at the Village Vanguard de Bill Evans, no sé si para los expertos es el mejor disco de Evans pero a mí me unen lazos con ese disco que no me van a convencer de otra cosa lo mismo que nadie convence a una madre de que su niño no es el más bonito del mundo por mucho que al niño apetezca comprarle un chalet en Mordor.
Es un mecanismo interno muy absurdo, estuve en el Village Vanguard viendo un delicioso concierto de Jazz y desde entonces cada disco que tiene de subtítulo “At the Village Vanguard” tiene para mí un valor añadido. Este de Bill Evans, es, además, un disco que me cura el alma de tal manera que, cuando lo he escuchado, lo guardo en el botiquín junto al betadine.
Tantas veces lo he escuchado, tan de memoria me lo sé, que conozco cada uno de los sonidos extra musicales del disco, lo que duran los aplausos entre los temas, cuando se ríe alguien, el chocar de unos vasos que van en una bandeja a la mesa siete. 

Si cierro los ojos puedo ver el local, le pongo cara a las personas que ese domingo 25 de Junio de 1961 vivieron en directo una experiencia para mí histórica.
Escucho los momentos en los que el trío alcanza el entendimiento perfecto entre ellos y, de repente, un tramo del tema que está sonando se convierte en un diálogo de notas, veo perfectamente cómo Scott LaFaro hace su sólo de bajo de Alice In Wonderland feliz y punteado por Evans sólo para darle ánimos y cómo Paul Motian subrayaba con su batería como afirmando cada nota.

No podían saber que era la última vez que tocarían juntos, que sólo diez días después un accidente de coche mataría a LaFaro y convertiría esa grabación de tarde de domingo en la última oportunidad de hacer esa magia. 

Tampoco podían saberlo los que estaban allí de espectadores, y esto hace que en su inconsciencia, asistieran pensando simplemente que era un concierto más. 

Se escucha, durante el My Man´s Gone Now en el que Bill Evans transmite toda la melancolía de esa obra maestra, una risa de mujer que, evidentemente, está más interesada en la charla que le da su acompañante que en seguir con atención la manera en que el piano parece tocar llagas en lugar de teclas para describir el imposible amor de Bess.

Cada vez que llego a ese tema, y se me encoge el corazón hasta que esa risa de quien no merecía estar en tan privilegiado lugar me corta el viaje, juego a imaginarme a esa chica cuando saliera, firmando con un simple: “ha estado bien, vamos a tomar algo que tengo hambre” su certificado de incapacidad para percibir que acababa vivir un momento que después, se convertiría en mítico para mí que ni había nacido.

Y pienso en que me ha pasado a mí lo que a esta chica en mil ocasiones, pienso en cuando vi Hannah y sus Hermanas más preocupado de las risas que mis amigotes de la adolescencia hacían en el cine que en esa maravilla de diálogos y salí del cine lanzando mi triunfal tuit al aire, que era donde se lanzaban antes: “Woody molaba más antes, cuando hacía risa”

Pienso en los señores con los que recorrí la muralla china y en cómo sacaban fotos sin parar sin dejarse un momento para simplemente pasear por el milenario monumento y tocar sus piedras para percibir su historia, le escucho luego en el bar diciendo: “Bueno, está bonito, pero me gustó más el Colisseum” y los imagino llegando a casa y poniendo una banderita en el mapa con la única satisfacción de haber estado en un sitio más, sin haber absorbido nada del lugar, pero habiendo estado y pudiendo contarlo gracias a las fotos. Suficiente. 

Mientras escribo suena, por supuesto, Sunday at the Village Vanguard de Bill Evans, y pienso en esa chica de la risa fuera de sitio, la imagino escuchando el disco años después emocionada por la belleza de ese disco, sintiéndose privilegiada por haber estado en ese concierto histórico y pensando siempre que llega el My Man´s Gone Now: 

“¿Quién sería la imbécil esa que se ríe?”.


Sunday at the Village Vanguard

DEADPOOL CON ACEITUNAS 

  

Lo malo de los géneros es que crean enormes sacos en donde caben demasiadas películas. El saco “Comedia” pone los infumables subproductos de Pajares y Esteso en el mismo sitio que toda la obra de Lubitsch (Ya podéis llamarme gafapasta, que no quede por mí daros carnaza), el saco “Romántico” lleva dentro aquella chorrada cursi llamada Love Story al lado de los contrastes agridulces de Stanley Donen en Dos en la Carretera. El saco de la “Acción” incluye maravillas como La Jungla de Cristal y macarradas mal hechas como Ejecutor.

Peor aún es que muchas películas no responden únicamente a un genero, pero nuestra manía de etiquetarlo todo nos hace incluirlas. No es, por ejemplo,, Rocky una película de acción sino eminentemente romántica, pero sale Stallone y hay puñetazos… No es Zoolander una comedia disparatada sin más, sino una crítica demoledora de la sociedad practicante del “elogio de la ignorancia” en la que vivimos, pero sale Ben Stilller y hay risas… 
No es, y ya llego donde quiero llegar, Soldado de invierno una peli de superhéroes sino una película profundamente política, realmente mucho más cerca de aquella Tempestad sobre Washington, pero sale el Capitán América y tira el escudo. Tampoco lo es la primera de Thor, que habla más de las relaciones shakesperianas (nonianas) de los habitantes de Asgard y seguramente por eso se eligió a Kenneth Branagh para dirigirla.

Y no, tampoco es Deadpool una película de superhérores, o sea, lo es, pero una que está mucho más cerca de la saga de Agárralo como puedas o de las comedias extremas del Judd Apatow de los 2000 o de las de John Hughes de los 80 (El homenaje a Todo en un día de la escena post créditos lo delata) 

Me da un poco de rabia/miedo leer por ahí que Deadpool es la mejor película de superhérores que se ha hecho. Básicamente porque me recuerda a cómo llamamos El Clásico a cualquier partido Madrid/Barcelona meses antes de que se haya celebrado, sin darle tiempo a convertirse puramente en clásico, esperando a que haya otro partido igual para volver a llamar El Clásico al siguiente. Me da la impresión de que algo parecido está pasado con estas películas, siempre la última que sale es la mejor, la definitiva, la que reinventa el cine de superhéroes: un clásico.
Y no, Deadpool no es un clásico, no es la mejor peli de Marvel, no es una obra maestra, y me da igual, tan igual que no lo sea como me da igual que no lo sea “Maximo Riesgo”, cada vez que la vea disfrutaré de la inyección de adrenalina que regala con el paquete pasando de sus defectos
Vaya por delante que me reí como hace mucho en el cine, que vibré durante dos horas como un adolescente de mi época viendo Cobra (otra de las muchas pelis a las que se hace homenaje) y que, por tanto, me gustó horrores esta huida hacia adelante que tanto Fox como Ryan Reynolds han fabricado para salvar a sus franquicias (básicamente X-MEN) de la inevitable absorción por parte de Disney si seguían cosechando un fracaso tras otro.

Porque eso es Deadpool, el coche de Thelma Y Louise que, perseguido por todos tratan de huir de un miserable pasado acelerando, pateando culos de camioneros y con la música a tope. “Como no tenemos nada que perder, acelera”

La película más gamberra de superhéroes, la más divertida, no la mejor, aunque seguramente eso dé igual. También es, seguramente, la película que más rápido se quedará vieja de todas, no sólo por sus chistes anclados en la actualidad sino por unos efectos especiales realmente malotes de los que la propia película se ríe (¿Ese Coloso tan cutre?) 
Pero te ríes, te ríes mucho, hay chistes brillantes como el de Liam Neeson, y homenajes autofustigadores a Green Lantern que dan ganas de aplaudir. Y eso me da la misma vida y me hace tener cariño a esta película. Una historia reducida a lo que cabe en un post-it pero contada con tanta gracia que se agradece lo liviano.
Ojo, Deadpool en el cómic ya era eso que te leías sin pretensión de encontrar algo más que unas risas, unos palos y un poco de acercarse a los límites de lo que la censura americana permite, y no es poco. La diferencia es que en el cómic eso acaba cansando y en la película es lo que esperaremos en cada secuela. 

Igual que a veces te apetece pizza y otras un caro restaurante de elaborados y sorprendentes platos, a veces leyendo te apetece pizza de piña con aceitunas… Y eso es Deadpool la deliciosa, guarra, extravagante y divertida pizza de piña con aceitunas que te quita el hambre una noche de guarro sofá, bendita sea.

PD.- Ni idea de cómo habrán doblado esta película, la cantidad de chistes sobre personajes sólo conocidos en la cultura americana me hace sospechar que tiene una adaptación complicada. La manera en que Ryan Reynolds suelta sus chistes en una interpretación basada más en su voz y su actitud física que en su cara (por motivos obvios) me hace temer que le hayan puesto la habitual voz de “Eh, soy gracioso y lo digo todo con tono de gracioso” que suelen usar los dobladores de comedia en España. Ya me contaréis. 
  

El odioso Tarantino

  

Seguramente se ha incrementado por las redes sociales, pero ya venía de antes, vivimos en una época en la que el Me Gusta o No Me Gusta lo absorbe todo. Criticar es una de las cosas más fáciles pero a la vez menos útiles del mundo. Seguramente por eso nunca me han interesado los críticos de cine que resumen las cosas en un: Me gustó o no me gustó. Me interesan los analistas que me hacen ver en la película lo que yo no fui capaz de ver.

Pero no es lo que hacemos ahora. Antes de reflexionar y, sobre todo, antes de informarnos, la rapidez de este mundo nos exige tomar postura rápidamente ante las cosas. No se debe tardar más de dos minutos antes de colgar tu tuit de opinión nada más salir del cine. No hay tiempo para pensar referentes, para buscar datos en google. Cuanto antes, en cuanto sale cualquier TT, sentimos la obligación de contar a nuestros seguidores en las redes qué opinamos sobre las cosas. Por eso una vez puse en Twitter que mi frase favorita para poner en un meme sería: “No tengo una opinión clara sobre eso, voy a tomarme mi tiempo para pensarlo y te digo algo”

Esta ansiedad por el posicionamiento en la luz o en la sombra ha provocado también que se pierda una de las cosas más bonitas de la valoración artística: El análisis. en nuestro mundo no cabe la gama de grises: Las cosas deben ser maravillosas o abominables. Es la crisis del matiz. Todo debe ser cero o cien. No me interesa un 36 o un 98.

Por eso, creo que a nadie le va a gustar lo que ha hecho Tarantino. Una película que, seguramente, sólo va a gustarle a él y a cuatro piraos. Si los referentes de las siete películas anteriores eran homenajes al cine menos comercial convertidos en digeribles para la mayoría, aquí ha invertido los términos. Esta es una película conscientemente lenta, conscientemente aburrida. Una trama que podría ser un cien rebajada hasta un cincuenta por una decisión personal del director.

Por eso no paro de leer: La historia podría contarse en hora y media, no hacían falta tres horas… Y tienen razón, y Tarantino lo sabe también, por eso se recrea en esos claramente largos planos de la diligencia, por eso las cosas ocurren deliberadamente lentas, por eso permite una canción ni muy bonita, ni muy animada en mitad de la trama sabiendo que eso va a lastrar el ritmo.


Tarantino ha hecho una película pensando que no nos va a gustar.
Seguramente sabe que su siguiente película (Kill Bill 3) le va a redimir de todas las críticas con esta y ha decidido darse un homenaje, demostrar que adora un tipo de cine al que hasta ahora había rendido homenaje disimulado de comercial y en esta no quiere ocultar.
Ingmar Bergman ya estaba en esos largos diálogos de Reservoir Dogs, Pulp Fiction o Kill Bill, pero el contenido de esos diálogos eran tan disparatado (Like a Virgin, Los masajes en los pies, Superman…) que nos despistaba del referente Bergmaniano (noniano) haciéndonos esas peroratas inolvidables por el humor y la forma en que estaban rodadas… 

En Hateful el homenaje se hace directo: La luz tenue, las palabras arrastradas, la temática incómoda….
El homenaje al western estaba en todas las anteriores, el inicio de Malditos Bastardos es, seguramente, el ejemplo más obvio- Pero el western, como cualquier género, tiene mil matices, y el elegido para ser homenajeado aquí aquí está muy lejos de la comercializad del Espagueti, 
Tarantino se fija aquí en aquellos westerns psicológicos de Anthony Mann, aquellas escenas larguísimas en una cabaña de El Hombre del Oeste, aquellos cowboys torturados de Colorado Jim, incluso aquellas charlas interminables sobre el deber de Dos cabalgan Juntos o La Legión Invencible.
El director elige prescindir casi de los exteriores. Elige dos, si contamos la diligencia, escenarios únicos, elige filmar una obra de teatro inglés (diez negritos) o casi una serie inglesa (arriba y abajo). Elige un tono para decir las cosas muy parecido a aquella obra maestra llamada Lo que Queda del Día. 

Los referentes de esta película son, pues, voluntariamente plomizos, Tarantino ha pretendido hacer una película sin pensar en la gente que va al cine a ver una película de Tarantino, negándoles muchas de las cosas que han marcado su sello, su manera de hacer las anteriores. Y aquí están muchos de los que se quejan de que Tarantino no parece él, olvidando cuando empezaron a ir a verle precisamente porque no se parecía a nadie.
Pero cuidado. Si no te ha gustado la película, seguramente tienes razón. Tarantino ha hecho una película tan fuera de su tiempo, tan en el ritmo de los años cincuenta o sesenta, que es absolutamente lógico que no te guste, que te aburra, que pienses que se podría haber hecho mejor. Tarantino también lo sabe, sólo que no le ha dado la gana porque no era eso lo que buscaba al hacerla.

Por eso para los amantes de la clasificación extrema (cero o cien) esta película probablemente sea un cero y la despacharán con un NO ME GUSTA como una casa, antes de irse a opinar de las cabalgatas, el calentamiento global o el último disco de David Bowie. 



Yo, personalmente, tengo en la cabeza un 85 y la película va creciendo en mi cabeza, las escenas, los diálogos, las interpretaciones, se van haciendo grandes… Voy a esperar a verla de nuevo, pero creo que, en muy pocos meses, esta película será un 95. O un 73… Con ambos me conformo

A los amantes del cero o cien tampoco os gustará este post. Porque no se posiciona. No da mi opinión mascada, salvo la de que me ha gustado más que a muchos  y por motivos diferentes a los que tienen los que la odian. En vuestros comentarios a este post contestaréis muchos: “Pues a mí me gustó o pues a mi no me gustó…” Y eso significará que he fracasado en lo que quería explicar.

La vida, a pesar de que sea más incómodo ir más allá de las reacciones primarias, a pesar de que críticas es más cómodo que análizar, es una gama de grises.